sábado, 1 de mayo de 2010

El dudoso honor de ser consultado

Uno de mis tantos temas recurrentes es el de la inmadurez y su correspondiente irresponsabilidad.

Es notorio que me molestan las personas que se «lavan las manos», los evasores, los abusadores y los parásitos.

Con igual énfasis creo que porque a mí no me gusten esas personas debo suponer que están en un error y que deban rectificar su actitud.

De hecho, ni ellos ni los que se parecen a mí hacemos lo que queremos sino que las circunstancias nos obligan a ser como somos (porque el libre albedrío es una ficción) y por tanto tampoco podemos hablar de «santos y pecadores».

Estoy casi seguro de que aquello que nos comunicamos influye en nuestra forma de ser. El hablarnos (o escribirnos) genera cambios reales y tangibles aunque no inmediatos y espectaculares.

Es habitual que nos sintamos orgullosos cuando alguien nos consulta, nos pide opinión, quiere saber lo que pensamos sobre algo que el consultante está en duda.

Ese honor por ser consultados posee una contracara que vale la pena señalar sólo para tenerlo en cuenta, para que quede dicho o escrito y que no se nos pase desapercibido.

Quien nos consulta es cierto que solicita nuestro aporte pero también está procurando que nos involucremos en sus dificultades. Está buscando socios para compartir un gasto o un riesgo, o está buscando cómplices cuando la duda incluye algún aspecto moral.

Cuando la hija le pregunta a la madre si se muda a la casa del novio o no, la gratifica pero también está preparando las circunstancias para que si esa mudanza no tiene un final feliz, ambas sean similarmente responsables del fracaso.

Si un amigo nos consulta sobre si deberá denunciar o no un delito del que fue testigo involuntario, nos gratifica con su confianza pero también nos obliga a ser su cómplice en caso de que eluda su responsabilidad.

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