miércoles, 26 de mayo de 2010

Tocar dinero no es elegante

Es posible aceptar la hipótesis de que nuestra psiquis posee una parte inconsciente, que nos gobierna.

Aceptar esta hipótesis, implica aceptar que estamos determinados (sin libre albedrío).

Es posible suponer que para muchas personas es imperioso creerse superior al resto de los animales.

Suponer que un órgano inconsciente nos gobierna tanto como el instinto gobierna a los demás animales, puede provocar una herida narcisística tan profunda, que descompense a los más sensibles.

Para este enorme grupo de defensores de la racionalidad, de la autonomía y del libre albedrío, somos diferentes y superiores al resto de los animales.

A esas personas tan vulnerables, les puede interesar saber que estas no son más que hipótesis, que pueden o no verse confirmadas algún día.

Aunque nuestros pensamiento cotidiano (consciente), está permanentemente actualizado por el principio de realidad (sabemos que día es hoy, qué está pasando en el resto del mundo, a cuánto se cotiza la moneda extranjera), nuestra psiquis responde a criterios mucho más primarios, ancestrales, filogenéticos, históricos, quizá también simiescos.

En un artículo publicado hace poco con el título Menos orgasmos y menos salario, les decía que alrededor del 66% de las mujeres no tienen orgasmos. Algunas, nunca lo experimentaron.

Asociaba este fenómeno con la feminización de la pobreza, esto es, que la mayoría de los pobres son mujeres.

En nuestra cultura, en nuestro inconsciente, suponemos que el dinero es una cuestión de hombres y de prostitutas.

Ya sé que usted no piensa así, pero lo que le digo es que usted, yo, todos funcionamos así, aunque conscientemente opinemos lo contrario.

En ese núcleo primitivo de nuestra psiquis, las mujeres respetables no tienen que usar dinero. Si lo hicieran, se denigrarían como prostitutas.

Felizmente, existen las tarjetas de crédito, aún cuando sea un hombre quien tenga que cancelarlas.


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Todos los abortos son espontáneos II

En un artículo titulado El enfermo acusado, les comentaba que un suicida no se mata porque quiere sino porque tiene una enfermedad (diagnosticada o no) que termina con su vida.

Para hacer esta afirmación es preciso estar convencido de que el libre albedrío no es más que una ilusión y que todas nuestras acciones, vicisitudes, errores y aciertos, están sobredeterminados por factores que no podemos controlar (el funcionamiento corporal, el ecosistema en el que vivimos, las circunstancias en las que estamos insertos).

La creencia en el libre albedrío es gratificante porque nos permite suponer que cuando padecemos, es por culpa de alguien.

Todo lo que nos ocurre con la participación de otros, parecen acciones u omisiones realizadas conscientemente, a propósito, con intencionalidad.

Cuando dos vehículos chocas, decimos que «ha ocurrido un accidente».

Si consultamos el diccionario, veremos que accidente es un perjuicio ocasionado involuntariamente.

Aunque decimos que esa colisión fue «un accidente», reclamamos contra el dueño del vehículo «culpable» para que nos indemnice por algo que no hizo voluntariamente, sino que fue parte de nuestra mala suerte, pues el perjuicio ocurrió involuntariamente.

La ley respalda nuestra exigencia porque supone que el dueño del vehículo que embistió al nuestro, algo hizo o dejó de hacer, deliberadamente, irresponsablemente, voluntariamente.

El punto de vista que sostiene el libre albedrío es prácticamente universal, como fue universal creer que nuestro planeta estaba en el centro del universo o que nuestra especie había sido creada especialmente por Dios en vez de ser el resultado de una evolución de los monos.

En otro artículo (1) digo que todos los abortos son espontáneos siguiendo este mismo razonamiento.

La mujer que rechaza un embarazo tiene un padecimiento (diagnosticado o no), que la obliga a interrumpirlo.

Quieren prohibírselo quienes creen que la ciencia ya lo sabe todo.

(1) Todos los abortos son espontaneos

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sábado, 22 de mayo de 2010

Sonríe: Visa te ama

En un artículo publicado recientemente con el título Los pobres ayudados y explotados , propuse una síntesis extrema diciendo que los humanos necesitamos básicamente tres cosas: alimento, abrigo y amor.

Es fácil entender que con el dinero podemos conseguir el alimento y el abrigo que necesitamos para vivir.

No es tan fácil entender (en nuestra cultura), cómo conseguimos amor con dinero.

Nuestro cerebro segrega un pensamiento automáticamente: el amor comprado es prostitución (de quien lo vende y de quien lo compra).

Es importante comprender que no somos dueños de pensar libremente.

Tenemos la sensación de que nos guiamos por nuestro criterio, discernimiento, gustos, afectos, valores.

Esto es sólo una apariencia: nuestras opiniones están determinadas por la ideología que tenemos incorporada como si formara parte de nuestro cuerpo.

Para fundamentar esta aseveración, lo invito a que se observe cómo necesita pensar que el amor verdadero no se compra.

Pero no se desaliente: todo permite suponer que lo que usted lee, oye, piensa, sueña, imagina, puede modificar esa estructura neuronal que se corresponde con sus convicciones.

Le doy un argumento por si su biología lo encontrara digno de ser asimilado (aceptado, incorporado).

Existen dos tipos de amor:

1) el que recibimos de nuestros familiares porque nos sienten «sangre de su sangre»; y

2) el que recibimos de otras personas porque logramos satisfacerles sus necesidades o deseos.

Cuando nos aman por razones familiares, es un sentimiento que los otros siente por sí mismos y que nos incluye porque nos imaginan formando parte de ellos (como si integráramos su cuerpo).

Cuando nos aman porque somos útiles (serviciales, confiables), estamos ganándonos ese afecto.

Nuestro cónyuge, nuestros amigos, clientes o empleadores, nos retribuyen esa utilidad que les entregamos, con servicios, caricias, miradas, dinero, compañía, escuchándonos, divirtiéndonos.

Con estas retribuciones nos sentimos correspondidos, reconocidos, amados.

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viernes, 21 de mayo de 2010

¡Cuidado con los monos de leo!

En dos artículos publicados recientemente (1), les comenté que, en su origen, la palabra considerado significó «guiado por las estrellas» y que, en su origen, la palabra deseo significó «NO guiado por las estrellas».

Agregaba además, que una persona considerada es, no solamente quien tiene en cuenta los intereses ajenos, sino también quien es respetada por la comunidad.

Por otra parte, aquel predominio de los criterios astrológicos, alcanzaba a las definiciones sobre el temperamento de los nativos en cada signo zodiacal.

En pleno siglo 21, muchas personas toman en cuenta este atributo para suponer que alguien es autoritario, romántico o se lleva bien con los nativos de acuario.

Recordemos además la astrología china y la adivinación del futuro mediante el uso del calendario con 12 ciclos anuales representados por animales.

Detrás de todas estas definiciones, está la angustia que nos provocan la inseguridad, la incertidumbre y los riesgos.

Es claro que la humanidad creyente en estos designios quiere evitar el misterio que nos envuelve a todos, la inseguridad que aportamos a cualquier vínculo, las perturbaciones anímicas que provoca nuestra inestabilidad emocional.

Estas creencias son incompatibles con las que sostienen el libre albedrío.

La astrología se basa en la suposición de que existen factores determinantes de nuestra forma de ser y de actuar, mientras que los horóscopos predicen (casi matemáticamente) lo que nos sucederá.

Mi conclusión es que la creencia en el libre albedrío es una creencia implantada para poder acusar, juzgar y condenar a personas supuestamente responsables de actos inconvenientes para los demás.

Como vemos, acomodamos la ciencia popular a lo que más nos conviene, salteándonos las posibles incoherencias que existan entre sus verdades.

Por un lado decimos que somos libres de hacer lo que queremos y por el otro decimos que «estamos influidos por los astros».

(1) Los profesionales no desean
Ciudadanos con cadena y bozal


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martes, 18 de mayo de 2010

Instituciones 007 (con licencia para educar)

En el artículo titulado La violenta violación educativa les decía que la enseñanza obligatoria que imponen los países a sus ciudadanos, es una forma de violación cuando el alumno no desea aprender lo que le enseñan.

Los alumnos no fracasan: simplemente se resisten a la violencia de la que son objeto y abortan (olvidan, no retienen, rechazan) todo lo que recibieron contra su voluntad.

Como una mayoría de personas está convencida de que «los sistemas son buenos, pero los que siempre fallan son las personas», agreden a las víctimas (violados) y defienden a los agresores (los sistemas ineficaces).

La causa de esta infamia universal es compleja. De hecho, son muchas causas asociadas.

Como el cerebro humano sólo puede percibir pequeñas parecelas de la realidad (1) y además tiene dificultades para luego acceder a una visión global, esa cantidad de causas están en la cabeza de muchas personas, que a veces ni se conocen entre sí, como para trabajar en equipo y lograr una sístesis que descubra «la causa» de esta actitud aberrante (enseñar por la fuerza).

Una de las causas, es la creencia en el libre albedrío y la necesidad de suponer que los malos alumnos (o los malos docentes) son culpables de los pobres resultados educativos.

Cuando nuestra atención se focaliza en la culpabilidad, automáticamente se nos ocurren soluciones que sólo determinan el delito y el castigo a personas de carne y hueso.

La propia noción de culpabilidad, dificulta identificar como causa de un problema algo que no sea una persona física condenable.

Para los amantes del libre albedrío, los sistemas siempre son buenos porque no pueden ser ni condenados ni castigados.

En suma: los sistemas siempre son buenos porque son inimputables y sus víctimas siempre son culpables porque pueden ser castigados.

(1) Comer la verdad
Los análisis de Hiroshima y Nagasaki

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lunes, 10 de mayo de 2010

Libre albedrío, venganza y justicia

Creo que sería un despropósito invertir energía en lograr que todos los seres humanos fuéramos idénticos.

Si la ciencia lograra que todos fuéramos de la misma estatura, talento, vocación, seríamos infelices porque caeríamos en el peor de los sentimientos: la indiferencia ( ya que nos daría lo mismo Fulana que Zutana).

Sin embargo, es posible que cada uno tenga sus necesidades básicas satisfechas.

Trabajar para mejorar la distribución del ingreso, parece más realista y de mejor pronóstico.

En el artículo titulado La envidia es progresista, les comentaba que «… la envidia es un sentimiento que busca la igualación …».

Cuando las diferencias en calidad de vida son interpretadas bajo el supuesto de que poseemos libre albedrío, no demoramos en concluir que alguien tiene la culpa de nuestras carencias.

La asociación de la envidia con la creencia en el libre albedrío, genera violencia (porque se cree que alguien es responsable de que tengamos que envidiar).

La violencia que genera la creencia en el libre albedrío, ante el hecho de que algunos pasan demasiado mal y otros obscenamente bien, instala los deseos reivindicativos de venganza.

Por el contrario, la creencia en el determinismo, nos haría buscar pacíficamente las causas de la pobreza en lugar de buscar a los culpables.

La agresividad puesta en juego para buscar causas, no incluye ataques personales como sucede cuando la agresividad es puesta en juego para buscar culpables.

En todas las culturas existe algún sistema de justicia que pretende evitar la relación directa (confrontación, justicia por mano propia, saqueos) entre los envidiosos que luchan por la igualación y los vengativos que atacan a los supuestos culpables de la mala distribución de la riqueza.

En suma: el sistema judicial amortigua la furia vengativa que provoca la creencia en el libre albedrío.

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domingo, 9 de mayo de 2010

Los ricos son el basural de los pobres

Durante milenios hemos pensado que los ricos acaparan más riqueza de la que necesitan, abusando inhumanamente del poder que le da el dinero y que los pobres no tienen fuerza para tomar lo que necesitan.

La hipótesis opuesta, propondría que los pobres se sacan de encima la basura material, tirándosela inhumanamente a los ricos.

Esta segunda suposición suena francamente disparatada. Tendríamos que descalificarla antes de dedicarle un minuto a pensar en su posible validez.

La creencia universal en el libre albedrío, nos condiciona para suponer que dominamos la racionalidad, nos hipnotiza (¿idiotiza?) en la creencia de que pensamos con acierto.

En esta creencia, suponer que la despareja distribución de la riqueza está causada porque los pobres se la quieren sacar de encima, equivale a suponer que los seres humanos hacemos un uso torpe de esa libertad de albedrío.

Sin embargo, podemos suponer que la naturaleza, que funciona como funciona por causas que no conocemos bien, que viene acomodándose automáticamente milenio tras milenio, puede haber «determinado» que los seres vivos se desarrollan mejor con cierta escasez y que se debilitan con la abundancia.

Si así fuera, podemos suponer que los ricos necesitan mucho dinero para compensar los efectos negativos de la abundancia que padecen.

La naturaleza provee a los pobres del tino (intuición, inspiración, habilidad natural) suficiente como para evacuar (sacarse de encima, excretar) los excesos que perjudicarían la única función de la especie (conservarse).

Logrado esto (poseer la escasez necesaria), los pobres pueden tener más hijos y cumplir la única misión que tenemos (conservar la especie).

En esta hipótesis, podemos decir que existe una mayoría de pobres, porque son el verdadero sostén de nuestra especie, mientras que los ricos son los que —por su deficiencia—, necesitan más recursos para sobrevivir.

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viernes, 7 de mayo de 2010

La anatomía del valiente

En un artículo anterior (1) les comentaba cómo influye el lenguaje cotidiano en la depresión.

Sintéticamente, decía que la propia palabra es una de sus causas.

Ahora quiero hacerles un comentario sobre la depresión, pero asociándolo no sólo con el lenguaje sino también con la duda que me inspira la existencia del libre albedrío.

Podemos decir que la depresión es una especie de «cobardía moral».

Cuando un individuo o un equipo deportivo tienen bajo rendimiento, se dice de ellos que tienen la «moral baja».

Si el psicoanálisis tuviera razón, el deseo es un impulso a erradicar esa carencia (falta, falla, escasez) que nos sigue a todos lados y durante toda la vida, como si fuera nuestra sombra.

Por alguna razón (seguramente orgánica), algunas personas no pueden pagar los costos de satisfacer el deseo.

Dicho de otro modo: hay personas que no siempre satisfacen (resuelven, respetan) su deseo.

Alguien que sí puede satisfacerlo, acomete con valentía cada día de duro trabajo, se compromete afectivamente hasta las últimas consecuencias, corre riesgos, se divierte aunque después se sienta cansado, se endeuda porque confía en que podrá pagar, tiene varios hijos porque se tiene fe para ayudarlos a crecer, dice lo que piensa sin temer las críticas o represalias.

Diríamos de esta persona que «tiene la moral alta» o que tiene «valentía moral».

Metafóricamente digo que, en el cuerpo de una persona sana, cada célula trabaja, mientras que en un deprimido, gran parte de sus células, no trabajan.

Estas células inactivas son las que provocan el decaimiento.

Los defensores del libre albedrío condenan la cobardía y aplauden la valentía, aunque éstas no sean más que característica anatómica como la estatura, el color de la piel, o la agudeza visual.

(1) El diagnóstico perfecciona la enfermedad

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sábado, 1 de mayo de 2010

Las marionetas soberanas

Las buenas intenciones desplegadas hasta ahora por toda la humanidad y durante milenios, no han logrado que la brecha entre pobres y ricos se reduzca o desaparezca.

Por tanto me siento autorizado a pensar que casi todo lo que se hizo hasta ahora, son soluciones ineficaces o contraproducentes.

Por eso, si hasta ahora hemos sostenido que el ser humano cuenta con libre albedrío (1), es oportuno quitar esta suposición del medio.

En el artículo titulado Mi amo me ama (linkear), sostengo que el concepto «rectitud», nos anula la inteligencia, y nos obliga a desplazarnos en un único sentido (derecho).

Entonces, todos los que viven en «el camino recto», carecen de libre albedrío. Estar dentro de la ley, ser honestos, someterse a la moral, implica estar determinados (obligados, condicionados, sometidos).

El código de mayor jerarquía, no proviene precisamente de las leyes que votan los parlamentos, sino que es el diccionario.

Nadie sabe quién inventa los vocablos, pero es imposible vivir sin cumplir con las reglas gramaticales.

Por lo tanto, el lenguaje es otra limitante al supuesto libre albedrío.

La Real Academia Española, sólo se encarga de publicar las normas lingüísticas que nos someten a todos.

Por lo tanto, para recibir el imprescindible amor (sin el cual pereceríamos), tenemos que seguir «el camino recto» que nos imponen nuestros cuidadores (madre, padre, maestros, etc.) y además tenemos que pensar y hablar como nos indica el despótico código gramatical.

Un presidiario que habita las veinticuatro horas en su celda de tres metros cuadrados, pueden sentirse libre de rascarse la nuca, de recordar a su novia, de hacer gimnasia o quedarse quieto.

Si con estas posibilidades se siente soberano, también puede creer en el libre albedrío.

(1) ¿Qué libertad? ,
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando
Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta
El enfermo acusado
El ensañamiento justiciero
Dejad que los perversos vengan a mí

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Lo feo, queda para después

Claudio Galeno (129 – 200 d.C.) es considerado uno de los padres de la medicina occidental.

Por el entorno cultural y religioso en el cual estaba inmerso, se duda de que haya disecado cadáveres y se piensa que la mayoría de sus aportes al conocimiento anatómico, provengan del estudio de monos.

Al astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473 - 1543), se le rechazó su teoría de que el sol no gira alrededor de la tierra, porque esa idea contradecía las explicaciones de la Biblia.

Al neurólogo austríaco Segismundo Freud (1856 - 1939) se le rechaza aún hoy su idea de que el ser humano está sobredeterminado, es decir que no tiene libre albedrío.

En el artículo recientemente publicado con el título Envejezco amando(me) cada vez más, resumo estos hechos diciendo que los científicos se diferencian de nosotros en que hacen un esfuerzo (no siempre exitoso), por aceptar ideas antipáticas.

No descarto la idea de que el sentimiento de rechazo hacia cualquier opinión, teoría, propuesta, ideología, creencia, sea un interesante identificador de lo que no estamos pudiendo percibir con claridad.

Dicho de otra forma: cuando algo nos molesta, nuestra capacidad de observación se verá descendida, perderá eficacia, nos proveerá de datos escasos, distorsionados o simplemente dejaremos de registrarlo.

Por el contrario, cuando algo es amenazante, nuestros sentidos e inteligencia, excitados por el instinto de conservación, muy probablemente nos lo muestre exagerado, más grande o importante de lo que en realidad es.

Finalmente, lo agradable lo vemos bueno, beneficioso, bello, positivo, amigable.

Estas consideraciones son las que llevan a que tantas veces se descalifiquen las observaciones subjetivas, es decir, aquellas que están notoriamente influidas por nuestro principio de placer, por nuestro hedonismo, por nuestra fuga irracional de todo lo que nos disguste.

Deducción profética: lo que falta por descubrir, seguramente es desagradable.

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Los bisabuelos con blue-jean

Los gobernantes se embanderan con el clamor popular para que la mayoría piensen que son ellos los que lideran, o simplemente por seguirles la corriente con tal de que no molesten y los reelijan.

Algunos dicen que el poder está ahora mejor distribuido que antes, debido a que Internet permite que la información no pertenezca monopólicamente a un pequeño grupo.

Es extraño que la moda de los pantalones de jean sea tan longeva. Sesenta años en la preferencia de los jóvenes, es algo insólito.

También les comentaba en el artículo titulado Apagar el cigarrillo con 2 litros de agua, que igualmente insólita fue la pasión por tomar agua sin sed y la más reciente demonización del tabaco.

Estos fenómenos ratifican el determinismo (corriente que afirma que todos nuestros actos están provocados por muchas causas [conocidas y desconocidas]) y estos fenómenos también descalifican la creencia en el libre albedrío (corriente que afirma que las personas tomamos decisiones libremente).

Quizá el alcoholismo o cualquier otra dependencia del consumo de drogas, admite suponer que el afectado padece una alteración anatómica o fisiológica, que lo obliga a ingerir la sustancia cada cierto tiempo, pero en la ludopatía no interviene ninguna droga.

Efectivamente, quienes no pueden dejar de jugar y hacer apuestas, a pesar de causarse daños irreparables en su economía, en sus vínculos y hasta en su relación con la ley, padecen un desorden que les anula el control de sus actos.

En suma: los humanos tenemos ciertas conductas colectivas (moda, miedos, hábitos) que parecen caprichosas, irracionales, necias y también tenemos prácticas autodestructivas incontrolables.

El argumento más fuerte que tiene la creencia en el libre albedrío es que, por orgullo y soberbia de especie (nos creemos superiores a los demás animales), necesitamos pensar que somos amos de nuestras acciones.

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Dejad de los perversos vengan a mí

¿Qué estoy haciendo?

Se lo diré para que lo entendamos usted y yo: Procuro describir qué hacemos y por qué lo hacemos, no para denunciarlo, no para criticarlo, sino para seguir haciéndolo concientemente.

En casi todos mis artículos sale a luz algún tema humano observado con criterio psicoanalítico (preferentemente lacaniano).

Si a un lector le interesa el tema y lo lee, activará en su cerebro neuronas, hormonas y moléculas, y se producirán cambios en su anatomía y funcionamiento.

Cuando un texto es útil para la vida del lector, seguramente notará que siente interés y si no es útil, simplemente lo notará aburrido y dejará de leerlo en los primeros párrafos.

Según esta visión de lo que es leer, escuchar, pensar, soñar (dormido), experimentar, sólo nos influirán los estímulos que favorezcan nuestra particular forma de responder al instinto de conservación, esto es, si beneficia nuestra salud, bienestar, supervivencia y reproducción.

Según esta visión, todo lo que no nos sirva para cumplir esos objetivos vitales, contará con nuestro rechazo, desatención, olvido, aburrimiento.

Por ejemplo, puedo decirle que la mentira siempre es un fenómeno resultante de una estructura perversa.

Quienes conservan parte de la perversión que es propia de la niñez, no aceptan (están inhibidos, así viven mejor, necesitan negar) los imposibles.

El gran eslogan «querer es poder», es el grito de gloria de los perversos.

Quizá usted no pueda creer que todas esas maravillosas personas empeñosas, obstinadas, capaces de grandes logros, sean así porque son perversas.

Pues sí, son perversos, porque la particularidad de este estilo psíquico es poseer una organización metal (neuronas, hormonas y moléculas) que no admite la frustración, ni carecer de control (sobre la vida propia y ajena).

Necesitan creer en el libre albedrío para imaginar que hacen lo que quieren.


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La sUERTE angustia tanto como la mUERTE

La expresión «Ver para creer» merece alguna aclaración:

1º) Un perfume no se ve pero sabemos de su existencia;

2º) Ciertos volúmenes del universo no los vemos pero sabemos de su existencia;

3º) No quedan testigos de la Revolución Francesa, pero sabemos de su existencia.

En un artículo titulado Comer la verdad les comento que nuestra capacidad perceptiva sólo capta la realidad fragmentándola.

En otro artículo publicado hoy con el título Los análisis de Hiroshima y Nagasaki agrego que somos diestros analizando pero siniestros sintetizando (sabemos desarmar pero nos cuesta re-armar).

Por azar entendemos la forma en que se presentan los acontecimientos imprevistos, cuando parecen obra de la casualidad, o se registran como eventos fortuitos.

Con las ideas presentadas más arriba podemos elaborar la hipótesis según la cual «creemos en el azar porque los humanos no podemos percibir y comprender las causas de ciertos eventos».

Si observamos cómo vuelan las esferas numeradas de un bolillero de lotería, no podemos detectar por qué causa aparece primero una de ellas y no alguna de las otras 99.

Entonces afirmamos: El azar quiso que esa fuera la bola sorteada o el azar quiso que todas las demás permanecieran dentro del bolillero.

Lo cierto es que existieron muchas causas convergentes y sincronizadas para que saliera ese número y ningún otro, pero lamentablemente nuestro cerebro no puede ni conocerlas, ni abarcarlas ni organizarlas en una respuesta concluyente.

Ahora observe esto: si lo que está en juego es nuestra propia existencia, nos negamos a reconocer que no controlamos nuestras circunstancias. Nuestro cerebro rechaza su falta de protagonismo y nula influencia sobre lo que le toca vivir, disfrutar o padecer.

De forma antojadiza, arbitraria e irracional, afirmamos que el azar influye sobre los objetos pero que es nuestra voluntad la que determina nuestras circunstancias.

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Ya no eres la misma persona

Reiteradas veces recurro a señalar la similitud que tenemos con el resto de la fauna porque la soberbia que padecemos (creernos la especie superior) puede ser una causa más de la pobreza patológica.

Por un lado, todo desconocimiento del entorno opera como un obstáculo para nuestra mejor adaptación a él. Es decir, si tenemos ideas erróneas sobre los demás seres vivos, los fenómenos climáticos, las características del suelo en que vivimos, es probable que nos agreguemos riesgos vitales.

De modo similar, la soberbia es un sentimiento que nos distorsiona la autopercepción. Nos vemos más fuertes, más independientes y en algún caso, invulnerables. Con esta actitud también agregamos riesgos vitales.

En el artículo titulado Yo sé por qué no me entiendes digo que nuestro lenguaje (escrito y hablado) equivale a los mensajes olorosos que se envían ciertas especies, particularmente cuando la hembra está en celo y utiliza ese medio para convocar a todos los machos de una vasta región.

Esa sustancia química (el olor) activa terminales nerviosas especializadas de la nariz de los machos que los pone en movimiento hacia la hembra emisora.

Dicho de otra forma: un agente excitante (olor), altera un sistema nervioso, a partir de lo cual se producen ciertas acciones concretas (ir al encuentro de la hembra en celo).

Es razonable postular que el libre albedrío (1) no existe porque todas nuestras acciones están determinadas por situaciones predisponentes (conformación del cerebro de cada ser humano) que reaccionan cuando son excitadas por estímulos desencadenantes de acciones concretas.

En los humanos esos estímulos desencadenantes pueden ser una señal de alarma (un cartel, una tormenta, un grito), o las palabras que oímos o leemos y que cambian la conformación de nuestro cerebro tanto como el olor cambia la de otros animales.

Si leyó hasta acá, su cerebro cambió.

(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando
Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta
El enfermo acusado
El ensañamiento justiciero

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El ensañamiento justiciero

En varios artículos (1) digo que el libre albedrío es una construcción social (una creencia oficial, una ideología, una doctrina) para poder imponer normas de convivencia que parezcan justas, razonables, exigibles.

Alguna vez nos pusimos de acuerdo en que teníamos que aceptar esta creencia para poder convivir.

Desde otro punto de vista, creemos que somos libres de hacer lo que deseemos aunque después no podamos hacerlo porque las normas de convivencia nos lo prohíben.

En otras palabras, cuando llegamos al mundo —sin que alguien nos haya consultado sino porque nuestros padres nos gestaron—, recibimos el siguiente mensaje de bienvenida: «Puedes hacer lo que tu quieras excepto que esté expresamente prohibido».

En suma, inventamos la creencia en el libre albedrío para justificar que encontremos culpables de ciertas acciones que nos perjudican (crímen, robo, violación) y sentirnos autorizados a influir sobre los culpables con ciertos procedimientos (privación de libertad, reeducación, castigos corporales, multas, pérdida de privilegios).

Lo que en realidad sucede es que algunos ciudadanos poseen ciertas características que estimulan al resto para reprimirlos, perjudicarlos, mortificarlos.

Cuando realizamos estas acciones sobre esos ciudadanos, sentimos una especie de alivio, de tranquilidad y hasta de satisfacción: «¡cómo me alegra que hayan encontrado al responsable y que le hayan privado de la libertad por 15 años!»

Este placer provoca un espíritu festivo porque el malestar colectivo se atenúa, cada ciudadano recupera el bienestar del que carecía mientras el culpable se escudaba en el anonimato para no recibir el castigo merecido.

Claro que los ciudadanos —por carecer del libre albedrío— no somos culpables de ser vengativos.

(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando
Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta
El enfermo acusado


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Pienso, luego ... sigo pensando

René Descartes (imagen) fue un genial filósofo francés que vivió casi 54 años entre 1596 y 1650.

Sin embargo, es justo reconocer que también han existido otros filósofos con méritos similares pero que corrieron con menos suerte y por lo tanto sus aportes han pasado desapercibidos o sistemáticamente ignorados.

Cuando alguien hace un aporte que cambia el curso de la historia, tiene suerte si esa idea beneficia a los poderosos de turno. Si su propuesta molesta, es aconsejable que se dedique a otros asuntos (carpintería, cuidar la huerta, escribir poesías).

Descartes buscó la certeza y encontró que había algo indiscutible: quien piensa, existe (está vivo).

Dijo en latín «cogito, ergo sum» que siempre se traduce como «pienso, luego existo».

Acá «luego» no significa «más tarde» sino «por lo tanto», «deduzco que», «estoy en condiciones de asegurar que».

La traducción completa es: «si estoy pensando, puedo asegurar que existo».

Para llegar a esta conclusión, se propuso dudar de todo lo que se pudiera dudar (duda metódica).

Empezó desconfiando de los cinco sentidos (ver, tocar, etc.), pero también desconfió del pensamiento porque los sueños son tan realistas que no es posible afirmar si estamos dormidos o despiertos.

Esta duda radical sobre la confiabilidad de los sentidos (propios del cuerpo) lo llevó a la certeza de que la verdad (si pienso, existo) sólo puede surgir de la mente.

Con esto pudo demostrar que estamos compuestos por un cuerpo (mortal) y una mente (inmaterial y por lo tanto inmortal) (dualismo cartesiano).

La suerte de Descartes consistió en inventar un razonamiento que pudo usarse para darle apoyo científico a las creencias religiosas (existencia del alma inmortal, con libre albedrío porque no está condicionada por el cuerpo y por eso, capaz de pecar o hacer el bien, etc.).

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El determinismo dinámico

En varios artículos (1) he propuesto la hipótesis de que el libre albedrío no existe, que es sólo una creencia útil para respaldar ideológicamente la responsabilidad que todos deberíamos tener por nuestros actos.

Efectivamente, si los pueblos asumieran que nuestros actos son la consecuencia inevitable de factores predisponentes y de factores desencadenantes (2), no tendría suficientes motivos para encarcelar a un homicida, para multar a una evasor o para desaprobar un examen.

Para exigirle a cada uno la conducta más adecuada en beneficio de una buena convivencia, podemos suponer que los individuos pueden optar libremente entre el bien y el mal o también podemos suponer que no pueden optar libremente pero que los factores predisponentes son modificables cuando se ejerce sobre ellos la acción adecuada.

Usaré un ejemplo exagerado sólo para mejorar la visibilidad de lo que quiero mostrar.

En un momento de furia, una persona mata a otra.

Quienes creen en el libre albedrío dirán que debe ser severamente castigado porque esa muerte fue intencional, provocada por una mala persona que debe recibir su merecido (castigo, pérdida, muerte).

Quienes creen en el determinismo dirán que se deberá evitar que cometa otro crimen para lo cual se le quitarán los objetos peligrosos a los que pueda acceder (armas, herramientas, venenos) y se lo apartará de posibles víctimas. simultáneamente, será preciso modificar los factores predisponentes (reeducación, entrenamiento, tratamiento psicológico) presentes en el momento de la furia homicida.

En suma: Creer en el libre albedrío implica suponer la culpa y legitima la venganza del tipo «ojo por ojo y diente por diente».

Creer en el determinismo implica suponer la inevitabilidad de los hechos desafortunados e impulsa a las instituciones competentes (de salud, educativas, hospitalarias, de reclusión) para modificar los factores predisponentes que pongan en riesgo la seguridad.


(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando

(2) Cambiaré, pero no sé como


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La psiquis hormonal

¿Ser homosexual es una opción o un rasgo de identidad?

En otras palabras: Ser homosexual es algo que uno elije o es algo que no se puede evitar.

La duda arranca de concepciones más generales.

El dualismo cartesiano razona así:

1º) El ser humano es la suma del cuerpo más el alma;

2º) El alma asegura el libre albedrío (1);

3º) Por lo tanto, la homosexualidad es una opción.

Los deterministas razonan así:

1º) El pensamiento es una función orgánica más;

2º) Si la psiquis es orgánica, está tan determinada como los otros rasgos personales (estatura, color de ojos, resistencia a la fatiga);

3º) Por lo tanto, la homosexualidad no es optativa sino un rasgo físico más.

Si usted quiere saber cuál es su punto de vista, puede preguntarse si su creencia en el dualismo cartesiano (o en el determinismo) es una opción o un rasgo de identidad.

Para evaluarse, tenga en cuenta que:

1º) Si tiene una postura flexible que incluya la duda, entonces usted cree y actúa con libre albedrío;

2º) Si tiene una postura inflexible que no le permite dudar, entonces usted demuestra ser determinista aun en el caso de que defienda furiosamente el libre albedrío.

En otras palabras: Si es cierto que existe el libre albedrío, tendríamos que poder optar por nuestros puntos de vista con relativa facilidad, de lo contrario, si no podemos dudar, si estamos demasiado seguros de nuestras ideas, es muy probable que ellas sean tan orgánicas como las manos, la nariz o cualquier otra parte física (determinismo).

Nota: El determinismo no implica inmutabilidad porque nuestro cuerpo cambia con cada experiencia, por mínima que ésta sea.

(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando

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Cambiaré, pero no sé cómo

He comentado con ustedes que el libre albedrío no existe.

Por lo tanto, es posible pensar que nuestra conducta está determinada por factores predisponentes (nuestra anatomía y fisiología) y factores desencadenantes (los que en este momento me hacen actuar como actúo).

En el artículo titulado La selección natural y laboral les decía que un cargo (puesto de trabajo) debe ser ocupado por quienes naturalmente están capacitados para desempeñarlo.

Exagerando sólo para ser más claro, lo que quiero es decir es que cada puesto laboral debería ser ocupado por quienes parecen haber nacido para hacer esa tarea.

Esta aseveración es coherente con la suposición de que, al no existir el libre albedrío, nadie puede hacer la tarea que se le plazca, porque sus propias condiciones personales (predisponentes y desencadenantes) determinan qué podemos hacer bien, en tiempo y forma, sin cansarnos demasiado y disfrutándolo.

Esta afirmación trae aparejada su contraria: nadie puede realizar bien una tarea, si no nació para realizarla, si la realiza a pura fuerza de voluntad, porque no tiene más remedio, por obligación, presionado, a disgusto o caprichosamente.

Las relaciones de pareja pueden analizarse con un criterio similar.

Hay realmente un trabajo en la adaptación de los gustos, preferencias y criterios de dos personas que se seleccionan mutuamente para acompañarse en la vida.

Cada uno es como es, según su naturaleza.

El conjunto de factores predisponentes que lo caracterizan, darán lugar a determinadas reacciones (y no otras) provocadas por los diferentes factores desencadenantes que vayan ocurriendo.

Si alguien se descontrola porque el otro llega tarde, no pudo controlarse. Es un error pensar que pudo controlarse, pero que por alguna maligna intención prefirió no hacerlo.

Los árboles cambian, los insectos mutan, los humanos nos adaptamos.

El cómo y el cuándo ocurren esas transformaciones, lo deciden la naturaleza y el azar.

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La selección natural y laboral

En varios artículo (1) he propuesto la idea de que el libre albedrío no existe, que es sólo una construcción social porque el determinismo al que estamos sometidos según el ordenamiento general de la naturaleza, nos dificulta la organización social que hasta ahora hemos sido capaces de crear.

¿Qué deben averiguar de cada postulante las pruebas de admisión para ocupar un cargo, una responsabilidad, una tarea?

Las diferentes pruebas necesitan conocer cómo es esa persona, cómo está conformada, cuál es su esencia humana.

Me explico mejor:

— La inteligencia, la velocidad mental y el ingenio caracterizan a una persona tanto como cualquier otro rasgo personal;

— La tolerancia de la frustración, la perseverancia y la resistencia a la fatiga, caracterizan tanto como cualquier otro rasgo personal;

— La habilidad para vincularse, para trabajar en equipo, para liderar o ser liderado y para delegar responsabilidades, caracterizan a una persona tanto como cualquier otro rasgo personal.

En suma: lo que estas evaluaciones deben averiguar son las condiciones naturales, que no se aprenden en ningún lado, tan naturales y poco transferibles como la estatura, el color de los ojos o la forma de las manos.

Lo que hace falta saber es si este ejemplar de nuestra especie, es o no adecuado para atender con naturalidad el cargo, la responsabilidad o la tarea que se le encomendará.

Repito especialmente: si se adapta naturalmente a ese puesto.

Las pruebas no sólo deben detectar a estos ejemplares, sino también apartar a los que no se adecúen naturalmente y también a los que aparentemente (por disimulo, entrenamiento, actuación) podrían cumplirlo.

Y ahora lo insólito: El que es aceptado gana al conseguir un trabajo y el que no es aceptado, gana al salvarse de participar en una situación que le haría daño.


(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando

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No soy el hombre de MI mujer

Los parlamentos prohíben a las mujeres abortar cuando lo desean; algunas toman el apellido de su esposo o firman indicando que son «de Fulano»; la ropa femenina se abotona al revés porque antiguamente eran vestidas por otras mujeres.

¿A quién pertenece el cuerpo de cada mujer?

Por señales de aceptable calidad que recibo, creo que ambos (hombres y mujeres) estamos de acuerdo en que el cuerpo de las mujeres pertenece a la sociedad y no a ellas mismas.

A su vez, como digo en otro artículo reciente (1): «Los varones detentamos más poder sólo porque somos más grandotes y agresivos.» y por esto, tenemos más poder sobre la sociedad y por lo tanto sobre las mujeres.

Parecería estar en el instinto femenino no pertenecerse.

Sin embargo, como también menciono en otro artículo reciente (2) la cultura decreta con mucha energía qué debemos pensar.

En suma: el instinto parece indicar que las mujeres no son de sí mismas sino de la sociedad pero la cultura obliga a pensar que el cuerpo de las mujeres es de ellas mismas.

¡Pero qué contradictorio Licenciado Fernando Mieres! En otros artículos (3) afirma que son ellas las que eligen, convocan y seducen al hombre que prefieren como padre de sus hijos y ahora dice que ellas no son de sí mismas.

Respuesta:

— La naturaleza es la que verdaderamente hace y deshace en todos los órdenes;

— Los humanos hacemos sólo lo que ella indica en cada ocasión (por eso no existe el libre albedrío) y

— Por un defecto de nuestra inteligencia para entender lo que sucede, nos creemos actores, electores, propietarios y mil fantasías más.


(1) Temas prohibidos

(2) Dinero que da asco

(3) «A éste lo quiero para mí»
«Soy celosa con quien estoy en celo»
«La suerte de la fea ...»

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Temas prohibidos

Me animaría a decir que el deseo de saber no existe. Lo que existe es el deseo de confirmar.

Ante cada duda que tenemos, aparecen las hipótesis, (respuestas a priori, tentativas, provisorias).

La mayoría creamos por lo menos dos hipótesis, que genéricamente podríamos catalogar como «hipótesis agradable» e «hipótesis desagradable».

Por supuesto que nadie desearía tener que reconocer que la hipótesis verdadera es la desagradable y por esto digo que deseamos confirmar la hipótesis agradable.

Esta actitud tan poco seria parecería ser propia de quienes no se dedican a la investigación.

Existe el prejuicio de que los científicos —esas personas abnegadas que pasan horas encerradas en un laboratorio luchando por salvar a la humanidad de sus males— sólo buscan la verdad.

La verdad es una pobre cenicienta, una patética Miss Universo que anda por ahí mostrándose y recibiendo discursos de bienvenida, pero que sólo es aceptada si trae buenas noticias.

— Quisimos que nuestro planeta fuera el centro del Universo y pasamos siglos para que Copérnico dijera que no es así (pero seguimos insistiendo con que «el sol sale por el este»);

— Quisimos que nuestra especie fuera hecha expresamente por un fabricante de primer nivel (Dios) y casi le prendemos fuego a Charles Darwin cuando demostró que somos el resultado de una evolución biológica;

— Quisimos ser dueños de nuestros actos y seguimos negando que una parte nuestra es incontrolable (inconsciente);

En este estado podemos asegurar que hoy existen otras verdades que tienen la entrada prohibida por desagradables.

1) Los psicoanalistas no se animan a denunciar expresamente la inexistencia del libre albedrío;

2) La prohibición del incesto sigue envuelta en una nebulosa pues no se dice por qué está prohibido;

3) Los varones detentamos más poder sólo porque somos más grandotes y agresivos.

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Hasta el alma es solo materia

Creo que somos pura materia y que hasta nuestras reacciones más sublimes (amor, creatividad, sentido del humor), son funciones orgánicas cerebrales.

Esa pura materia que produce acciones tangibles (mover, transformar, destruir) y no tangibles (inventar una historia, crear una nueva melodía, emocionar con una mirada), no responde a nuestra voluntad sino que cualquier acción que se nos atribuya es el resultado de factores orgánicos (hormonas, complexión neuronal, herencia) y no orgánicos (clima, agentes externos, azar).

Dicho de otra forma: el libre albedrío no existe y todo es consecuencia de una dinámica universal (hasta el los más pequeños detalles).

Esto implica suponer que nuestras acciones están determinadas por fuerzas naturales (atracción, repulsión, fuerzas centrífuga y centrípeta, inercia) que son causas de ciertos efectos que a su vez se convierten en causas de otros nuevos efectos.

Suponer que somos todo materia y que el libre albedrío no existe, implica descartar la existencia de algún tipo de responsabilidad y de culpa.

«Los seres humanos no actuamos: los seres humanos somos actuados (movidos, desviados, detenidos, agredidos, estimulados, atraídos)».

Alguien podría decir: «Pero si no fuéramos responsables (por ausencia del libre albedrío), nuestra convivencia sería un caos porque los delincuentes serían inimputables».

Estamos condicionados a repeler de diversas formas todo lo que pone en riesgo nuestro bienestar, nuestra integridad física o la supervivencia de la especie.

Por esa condición reaccionamos quitando del medio a todo lo que nos haga daño, ya sean personas, objetos peligrosos, microorganismo, alimentos tóxicos.

Es posible pensar que no somos responsables porque no existe el libre albedrío pero estamos diseñados para reaccionar de diversas formas (punitivas, disuasivas, reeducadoras) ante quienes hacen algo que nos perjudica.

El delincuente delinque porque no lo puede evitar y nosotros no podemos evitar apresarlo, juzgarlo y encarcelarlo.

Nota: la imagen muestra el dibujo de una figura humana asociada a una cadena de ADN.

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El fracaso perseverante

Para poder cambiar algo de lo que viene ocurriendo en la humanidad desde hace miles de años, tenemos que pensar y hacer cosas diferentes a las que ya pensamos e hicimos con los resultados insatisfactorios que hoy constatamos.

Un ejemplo de mi agrado refiere a Copérnico [imagen] quien cometió el desacato intelectual de suponer que la Tierra no está en el centro del universo.

Otro ejemplo interesante es el de Darwin quien cometió el desacato intelectual de suponer que el ser humano no es una creatura de Dios sino que es un descendiente del mono.

Uno ejemplo que me divierte especialmente es el de Freud quien cometió el desacato intelectual de suponer que el ser humano no hace lo que se le antoja (libre albedrío) sino que obedece a su inconsciente.

Pero estos son sólo datos anecdóticos. Lo cierto es que los geniales investigadores de todas las épocas no produjeron ideas que resolvieran la injusta distribución de la riqueza.

Por lo tanto la forma de analizar el problema de la pobreza recurriendo a lo que ya fue pensado y aplicado, no va por buen camino.

Casi la totalidad de quienes investigan un fenómeno que los apasiona (como a mí me apasiona la pobreza patológica y los posibles abordajes terapéuticos), estudian todo lo que hayan dicho los autores más reconocidos como importantes y luego realizan interpretaciones y recombinaciones de aquellas ideas ... aunque no dieron resultado.

Esta es una causa de por qué casi no cito autores y de por qué mis hipótesis, conjeturas y propuestas parecen traídas de los pelos o disparatadas o directamente locas. Las que parecerían mejores ¡fracasaron!

Los irónicos dicen que siempre es bueno cambiar algo para que todo siga igual. A mí me entusiasma ironizar sobre esta ironía.

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El enfermo acusado

En algo somos todos iguales: sabemos que algún día moriremos pero hacemos lo posible para que esto ocurra lo más tarde posible.

A la muerte llegamos de muchas formas que podemos agrupar en tres categorías:

1) Muerte natural;

2) Muerte por accidente;

3) Muerte por enfermedad.

Quienes creen que existe el libre albedrío (1), no tienen más remedio que pensar que el suicidio es un acto de locura, de cobardía, (o de valentía), irracional, un homicidio, un gesto de egoísmo extremo, una actitud evasiva y otras adjetivaciones (calificaciones, críticas) por el estilo.

Quienes creemos que no existe el libre albedrío, no tenemos más remedio que pensar que el suicidio es la consecuencia natural de una enfermedad.

El proceso mental de quienes consideran la posibilidad de matarse, está fuera de su control ... al igual que cualquier otro pensamiento, idea, afecto o funcionamiento psíquico de cualquiera de nosotros.

Reconozco que para quienes tienen la salud psíquica dependiendo de creer que ellos pueden hacer lo que quieran con la vida (y por lo tanto con la muerte), es casi imposible aceptar que el libre albedrío es una ilusión.

Asumo que lo que propongo es como pedirle a alguien que suspenda la medicación que lo mantiene funcionando como si gozara de perfecta salud.

Lo que propongo no le conviene a todo el mundo. Existen muchas personas que viven bien (y sin molestar), consumiendo drogas sistemáticamente o conservando creencias que no resisten el menor análisis.

Mi opinión es que el suicidio es una forma de morir que pertenece legítimamente a la categoría «Muerte por enfermedad».

Por lo tanto, los suicidas y los enfermos terminales merecerían de nosotros sentimientos (calificaciones, críticas, consideraciones) idénticos.

(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas

Cállate que estoy hablando
Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta

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Las leyes inviolables

Durante los escasos cien años que tenemos de vida, estamos sometidos a las leyes naturales igual que las demás especies de seres vivos animales y vegetales.

Los humanos nos convertimos en la especie más rica en inteligencia porque somos la especie más pobre en instinto.

Decir que somos la más rica no implica hablar de una ventaja, un mérito o un don maravilloso sino que es el resultado de una simple comparación cuantitativa: los demás seres vivos tienen menos inteligencia simplemente porque no la necesitan.

Formamos parte de un todo universal, que a su vez está regido por ciertas leyes de funcionamiento sobre las que no influimos en absoluto sino todo lo contrario: estamos permanentemente influidos (determinados, gobernados) por ellas.

Claro que nuestra conducta natural produce cambios en el universo. Por ejemplo:

— podemos cambiar el recorrido de un río (algo que también hacen los castores [imagen]);

— combinamos productos para fabricar otros nuevos (algo que también hacen las abejas);

— matamos a otros seres vivos para alimentarnos (algo que también hacen todos los demás seres vivos integrantes de alguna cadena alimentaria);

… y la lista podría continuar con otros ejemplos que usted conoce.

También son propios en casi todas las especies los cambios de conducta adaptativos:

— los peces responden a las corrientes submarinas;

— los vegetales se mueven buscando la mayor cantidad de luz;

— las mascotas aprenden a controlar sus evacuaciones para seguir aprovechando del amo que los alimenta.

Si bien los humanos no disponemos de libre albedrío porque estamos sometidos a esa leyes naturales que condicionan el universo que integramos, sí disponesmos de conductas adaptativas como los demás seres vivos.

Por eso, si descubrimos que nos conviene evitar la pobreza (escasez de recursos), haremos todos los intentos posibles para evitarla.

Este es mi caso y quizá también el suyo.

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«Einstein era más tonto que yo»

Varias veces he comentado con ustedes que el libre albedrío es una ilusión colectiva.

Mi idea es que tomamos conciencia de nuestros actos segundos después que la naturaleza ordenó a nuestro cuerpo que hiciera algo.

Tomar conciencia significa que un cierto proceso neuronal incluye esa sensación por la que nos enteramos qué haremos (cambiar de trabajo, comer, estornudar).

Desde este punto de vista, las creencias también están determinadas por algún fenómeno físico de nuestro cuerpo que necesita creer en Dios, amar el comunismo o no pasar por debajo de una escalera.

La lectura de este blog modifica el funcionamiento mental sólo en aquellas personas que se producen asociaciones con contenidos mentales que ya tenían.

Es habitual que cuando nos reunimos con nuestros amigos incluyamos como uno de los juegos más divertidos criticar a los ausentes.

Ese entretenimiento posee como elemento placentero el sentirnos superiores.

Es clásica la crítica a personajes públicos que han ganado notoriedad por alguna característica que los destaca (poder político, económico o deportivo, capacidad de liderazgo, protagonismo).

El entretenimiento tiene un efecto secundario que puede ser interesante tener en cuenta.

Si colectivamente nos convencemos de que el presidente es un tonto o un corrupto o un incapaz, saldremos de ese encuentro con la creencia de que somos superiores a una persona que objetivamente posee más talento, capacidad o valentía que nosotros.

Esta satisfacción nos ubica en un lugar que no merecemos, nos sobrevalora, pero sobre todo nos distorsiona la realidad en la que vivíamos antes del juego.

Dicha distorsión no es ni más grave ni menos grave que cualquier otra pérdida de realismo. Lo único que digo es que dicha pérdida existe, pero consolémonos con que no todas pueden ser ganancias y con que sentirse superior es maravilloso.

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Los humanos como agentes de la naturaleza

La sinestesia no es considerada una enfermedad pero la epilepsia sí.

Ambos son fenómenos de origen neurológico.

La sinestesia se caracteriza por una extraña mezcla de los sentidos. Por ejemplo, alguien puede tener sensaciones gustativas al acariciar una superficie suave o percibir sonidos a partir de oler cierta fragancia.

La epilepsia suele provocar fenómenos corporales (convulsiones y pérdida de la conciencia). Un ataque de estos es molesto y hasta pone en riesgo la integridad del epiléptico.

Como son muy pocas las personas que tienen estas características, es una rareza. Por estar fuera de la norma estadística se consideran a-normalidades.

La tercera definición que nos da el Diccionario de la Real Academia Española de la palabra «enfermedad» dice: «Anormalidad dañosa en el funcionamiento de una institución, colectividad, etc.».

A su vez, la definición de «dañoso» tiene algo de subjetivo y por lo tanto, lo que para algunos es dañoso para otros puede no serlo.

Si la definición de «dañoso» es opinable, entonces se presta para que alguien levante la voz, ponga énfasis, insista, luche o haga publicidad para volcar la opinión a favor de sus intereses.

Es una buena inversión publicitar la vitamina C, leer libros o comprar un automóvil marca Volvo, alegando que de lo contrario podremos resfriarnos, desconocer algo importante o salir heridos en una colisión, respectivamente.

Hay muchos motivos para pensar que la naturaleza determina nuestros actos y que por lo tanto el libre albedrío sería sólo una ilusión colectiva.

Por si fuera poco, también la cultura nos agrega factores condicionantes que sobredeterminan nuestros actos.

Como integrantes de la naturaleza, recibimos órdenes de ella pero a su vez somos usados por ella como agentes provocadores de más condicionamientos. En este caso me estoy refiriendo a la publicidad.

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Los sentimientos químicos

Es muy conveniente para la convivencia creer que el libre albedrío (1) existe.

Las neurociencias son aquellas ramas de la biología que estudian las causas orgánicas de nuestro funcionamiento psíquico.

Recientemente se han hecho descubrimientos realmente interesantes que podrían llevarnos a pensar que todas nuestras ideas, creencias y sentimientos responden a fenómenos químicos, circulatorios, hormonales.

La oxitocina es una hormona de efectos bastante conocidos pero que sigue sorprendiéndonos con algunas de sus acciones.

Es clásico su uso para inducir el parto. De modo similar se sabe que tiene una gran influencia en el establecimiento de los vínculos.

De hecho algunos la llaman «la hormona del amor» porque aumenta su presencia en el organismo cuando se tienen relaciones sexuales.

Su presencia es fundamental en el establecimiento de un buen vínculo entre la madre y el recién nacido así como también en la producción de leche y la aptitud del pequeño para alimentarse.

En un par de artículos anteriores (2) les comentaba sobre cuáles parecen ser las condiciones necesarias para acceder a la felicidad y nuevamente ahí aparece esta hormona (oxitocina).

Efectivamente, no hace mucho los israelíes (3) descubrieron cómo influye esta hormona no solamente en los vínculos amorosos sino también en la envidia.

Claro que culturalmente este sentimiento está mal visto, pero me animo a defenderlo pues nuestro progreso como especie depende en gran medida de ese malestar que nos produce (la envidia provocada por la oxitocina según los israelíes) cuando otros logran estar mejor que nosotros.

Pero eso sí, en el caso de que el amor y la envidia fueran realmente provocados por esa hormona, nuevamente tengo que pensar que el libre albedrío es una ilusión en tanto nuestras acciones y móviles son la consecuencia de fenómenos químicos.


(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando
Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta

(2) «Me alegra estar triste» y
Con la envidia nos igualamos

(3) Este link contiene un artículo sobre la investigación de la Universidad de Haifa.

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Decidimos lo inevitable

En el artículo titulado Los instintos ¿están para ser reprimidos? les comentaba que el deseo de poder surge en realidad de un instinto tan importante como el sexual.

Por lo tanto, el deseo de poder está asociación al instinto de conservación (¡nada menos!).

Los políticos son los obreros del poder que más se nos acercan porque cada cierto tiempo necesitan conquistar nuestro voto.

Todos sabemos que la receta mágica para conquistar el voto de la mayoría consiste en decir lo que esa mayoría quiere escuchar.

Esto funciona así porque una mayoría cree que mandamos sobre nuestras vidas, que nos autogobernamos, que tenemos libre albedrío (1).

Creemos en el libre albedrío porque nuestro cerebro genera un pensamiento con forma de «decisión», segundos después que la naturaleza nos dio la orden sobre lo que tenemos que hacer obligatoriamente.

Los obreros del poder (políticos, gobernantes, gerentes) son personas como todo el mundo que se caracterizan por tomar decisiones un segundo después que la naturaleza (las circunstancias, la casualidad, los fenómenos naturales) impuso la obligación de hacer algo colectivamente.

Es propio de nuestra especie organizarnos en grupos (como otros animales lo hacen en majadas, rebaños, piaras, manadas) y de forma piramidal, es decir que alguien será el portavoz, (el locutor, la voz cantante, el líder) de esa obligación natural que habremos de cumplir.

Todos formamos parte del gran fenómeno natural que, si la imaginación nos lo permitiera, alcanza a todo el universo en su inabarcable vastedad.

Cada fracción de tiempo es diferente a la anterior y —hasta donde puedo pensar—, sólo somos testigos de esos acontecimientos de los que formamos parte de forma muy pasiva aunque como espectadores tenemos sentimientos como si fuéramos protagonistas. (2)

(1) ¿Qué libertad?
Soy libre de hacer lo que deba
Lexotán con papas fritas
Cállate que estoy hablando
Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta

(2) Esta idea comencé a exponerla en el artículo titulado Mis moléculas aman a las tuyas

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Sangre y dinero

Si digo «la temperatura es de 26º» estoy entregando un DATO, pero si digo «la temperatura en Montevideo es de 26º el sábado 28/11/2009 a la hora 12:00» estoy entregando una INFORMACIÓN.

A esto puedo agregar que los DATOS no tienen casi ninguna utilidad mientras que la INFORMACIÓN sí puede tenerla.

Complicándola un poco más, si vemos un punto color rojo sobre una hoja blanca, no estamos recibiendo algo útil, pero si vemos millones de puntos de diferentes colores, ubicados de determinada manera sobre esa hoja blanca, podremos tener la foto de un ser querido.

Cada punto de una imagen digital (pixel) es un DATO mientras que todos juntos crean una imagen y eso es INFORMACIÓN.

En el artículo titulado El dudoso honor de ser consultados les comentaba (con otras palabras) que si bien nuestras acciones y situaciones están determinadas por fenómenos naturales, nuestros intercambios de información nos afectan, modifican, influyen.

Más recientemente, en el artículo titulado Mis moléculas aman a las tuyas, les decía que las moléculas del universo (DATOS), se mueven según ciertas Leyes Naturales para generar en cada instante un estado de cosas (INFORMACIÓN) del cual formamos parte como algo más.

En un órgano (hígado, cerebro, estómago) observamos que si tiene que aumentar su actividad en beneficio de la conservación de la vida del individuo, comienza a recibir más sangre (alimentos, calorías, oxígeno).

Conclusión: Es posible pensar que, en esta inmensidad en la que vivimos (universo), el dinero es un fluido que llega en mayor cantidad (como la sangre a un órgano) a quienes son más necesarios para la conservación de la especie.

Este razonamiento parece correcto pero las premisas podrían ser incorrectas. Si fueran correctas, la pobreza sería un fenómeno natural.

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El repudio a Hitler y la inmortalidad del alma

El régimen nazi liderado por Hitler ¿fue bueno, regular o malo?

Me inclinaría a pensar que incluyó acciones buenas, regulares y malas.

Lo cierto es que los datos que me dejaron conocer me obligan a concluir que fue “perfectamente malo”.

Por el solo hecho de ser “perfectamente malo” ya comienzo a sospechar que algo no anda bien porque los seres humanos no podemos hacer nada perfecto (ni siquiera lo malo).

Esa información tan estridente, encandilante, rotunda y concluyente podría estar ocultando una verdad molesta.

Para los humanos es conveniente suponer que la ideología nazi es la maldad en estado puro. Necesitamos concentrar en ella toda nuestra capacidad crítica.

De hecho, si somos categóricos y terminantes al evaluar negativamente al nazismo, convertiremos a todas las demás ideologías y regímenes en buenos o al menos “no tan malos”.

Las atrocidades de los regímenes comunistas, el totalitarismo vigente en varios países (Cuba, China, Corea), el genocidio del pueblo armenio a manos de los turcos, las salvajes evangelizaciones de otras épocas, quedan todos minimizados en su gravedad gracias al énfasis puesto en el régimen nazi.

Pero además podemos ignorar otras particularidades molestas.

La soberbia de los nazis al considerar que la raza aria era la raza superior, nos distrae de algo que hacemos continuamente y que es creernos la especie superior (a los animales).

O sea, si repudiamos enérgicamente a quienes se creyeron la “raza superior” podemos creer que no somos arrogantes cuando nos creemos la “especie superior”.

Una de las tantas satisfacciones de creernos superiores es que disponemos del libre albedrío, que podemos controlar a la naturaleza y hasta poseemos un alma inmortal.

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Que sea ideal para que no sea real

Cuando hablamos solemos usar la oración «Sería ideal que» («… salvara el examen», «… viviéramos juntos», «…me aumentaran el sueldo»).

En lenguaje coloquial alguien que así se expresa quiere decir que «le gustaría» que eso ocurriera, pero si nos apegamos a la letra podemos oír que en realidad hará lo posible para que eso no ocurra.

Esta interpretación se apoya en la creencia de que el libre albedrío es ilusorio. Si usted cree que es libre de hacer lo que se propone, descalificará esta sugerencia.

Por el contrario, si usted considera que actuamos bajo las órdenes de nuestro deseo (administrado por la naturaleza incluido el azar en todos sus aspectos), podrá comprender que cuando alguien dice «sería ideal que» lo que su deseo está dejándonos saber es que «a esa posibilidad la aceptaré sólo como algo ideal pero no como real».

La postura filosófica es determinante de cómo interpretemos la realidad.

Si pensamos que somos dueños de nuestros actos, creeremos que sólo hablamos lo que queremos decir pero si pensamos que nuestro inconsciente es quien gobierna nuestra vida, podremos aceptar que no decimos lo que queremos sino lo que él quiere que digamos.

El psicoanálisis no sirve para controlar el inconsciente sino para entender por dónde nos llevará. Esto baja la incertidumbre, disminuye la angustia y mejora nuestra calidad de vida.

En suma: Cuando escuchamos que alguien expresa que «sería ideal» tener, conseguir, hacer o cualquier otro verbo, lo que podemos estar escuchando es una declaración de que esa acción no se realizará.

Esta escucha atenta no debe excluir lo que nosotros mismos decimos, porque todo haría indicar que sabemos tan poco de los demás como de nosotros mismos.

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El dudoso honor de ser consultado

Uno de mis tantos temas recurrentes es el de la inmadurez y su correspondiente irresponsabilidad.

Es notorio que me molestan las personas que se «lavan las manos», los evasores, los abusadores y los parásitos.

Con igual énfasis creo que porque a mí no me gusten esas personas debo suponer que están en un error y que deban rectificar su actitud.

De hecho, ni ellos ni los que se parecen a mí hacemos lo que queremos sino que las circunstancias nos obligan a ser como somos (porque el libre albedrío es una ficción) y por tanto tampoco podemos hablar de «santos y pecadores».

Estoy casi seguro de que aquello que nos comunicamos influye en nuestra forma de ser. El hablarnos (o escribirnos) genera cambios reales y tangibles aunque no inmediatos y espectaculares.

Es habitual que nos sintamos orgullosos cuando alguien nos consulta, nos pide opinión, quiere saber lo que pensamos sobre algo que el consultante está en duda.

Ese honor por ser consultados posee una contracara que vale la pena señalar sólo para tenerlo en cuenta, para que quede dicho o escrito y que no se nos pase desapercibido.

Quien nos consulta es cierto que solicita nuestro aporte pero también está procurando que nos involucremos en sus dificultades. Está buscando socios para compartir un gasto o un riesgo, o está buscando cómplices cuando la duda incluye algún aspecto moral.

Cuando la hija le pregunta a la madre si se muda a la casa del novio o no, la gratifica pero también está preparando las circunstancias para que si esa mudanza no tiene un final feliz, ambas sean similarmente responsables del fracaso.

Si un amigo nos consulta sobre si deberá denunciar o no un delito del que fue testigo involuntario, nos gratifica con su confianza pero también nos obliga a ser su cómplice en caso de que eluda su responsabilidad.

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Divide y reinarás

En un artículo recientemente publicado con el título Las discusiones de la naturaleza comentaba que el libre albedrío no existe sino que formamos parte de fenómenos naturales.

Por ejemplo, si usted es un defensor acérrimo de la comida vegetariana, no lo hace porque haya llegado libremente a esa determinación sino simplemente porque fue sutilmente inducido a tener esa actitud contraria a los que comen carne.

En otras palabras, la naturaleza se vale de fenómenos de atracción y rechazo para mantenerse en movimiento perpetuo, incluyéndonos como unos cuerpos físicos más, juntos con el resto de los seres vivos y los objetos.

El sistema financiero se vale de este fenómeno en tanto sabe que la mitad de sus clientes tendrán una actitud opuesta a la otra mitad, simplemente porque la naturaleza nos induce a estar en dos bandos opuestos.

Una parte del dinero que el banco recibe de sus depositantes, lo presta confiando en que no vendrán a retirarlo antes de que se lo devuelvan.

No puede prestar todo lo que recibe en depósitos porque se presume que uno de los bandos (algunos depositantes) tendrá la actitud de retirarlo en cualquier momento mientras que el otro bando tendrá la actitud de dejarlo depositado.

He mencionado en el artículo titulado El huracán Walt Disney que con sus dibujos animados este creador había logrado influir en la conducta de millones de personas como si se tratara de un fenómeno climático adverso (huracán, inundación, sismo).

En el sistema financiero puede suceder que la actitud de los dos bandos de depositantes tengan la misma actitud y concurran simultáneamente a retirar sus ahorros, provocando la quiebra del banco.

El fenómeno climático adverso que produce una corrida (pánico de los ahorristas, crisis de confianza), puede ser hasta un simple rumor que ponga en duda la confiabilidad de la institución.

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