viernes, 23 de diciembre de 2011

Técnica de autoconocimiento artesanal

El diccionario de sinónimos puede decirnos quiénes somos si encontramos una primera palabra que nos defina adecuadamente.

Para muchas personas es fascinante saber quiénes son. Escuchan con particular interés cuando alguien les señala alguna característica que las diferencia del resto; también prestan particular atención a las indicaciones supersticiosas de la astrología (occidental, china, celta, maya).

Esas descripciones no son muy confiables porque todo indica que existen más de doce formas de ser y si bien estamos totalmente determinados, este determinismo proviene de una realidad muy dinámica, cambiante, que se renueva minuto a minuto.

Es probable que la fecha de nacimiento sea importante, como también lo es el instante de la fecundación, pero estos son datos que se suman a miles de otras influencias variables (genética de los padres, clima, alimentación, embarazo deseado o no deseado, evolución biológica del feto, por mencionar unos pocos).

No es nada nuevo lo que habré de contarles, pero seguramente muchos no lo conocen aún.

Con los recursos de que disponemos los internautas, comenzamos a hacer una encuesta entre quienes más nos conocen preguntándoles con qué vocablo nos definen: divertido, sorprendente, entusiasta, o cualquier otro.

Luego, utilizando algún diccionario de la web o el proveedor de sinónimos de Word (menú contextual con el cursor ubicado sobre la palabra de la que se necesitan sinónimos), vemos qué podemos obtener.

Si utilizamos este último procedimiento y con el cursor sobre la palabra «divertido», vemos que Word 2007 nos da la siguiente lista: distraído, recreado, solazado, entretenido, amenizado, explayado, parrandeado.

Con estas nuevas definiciones sobre cómo somos, podemos armar un pequeño texto que nos defina, como lo haría un novelista con un personaje.

Una vez depurada esta auto descripción primaria, hacemos lo mismo con los sinónimos de los sinónimos, y así sucesivamente.

La astrológica es menos exacta que este procedimiento.

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Los que saben sin saber que saben

No hay profesional experto que no tenga un conocimiento muy profundo de la naturaleza humana, aunque no sepa cuánto sabe.

Si bien estamos determinados y carecemos de libre albedrío, algunas personas se equivocan menos que otras, algunas personas poseen una calidad de vida elevada y duradera mientras otras tienen menos suerte.

La casi totalidad de lo que llamamos «inventos» no son más que plagios que los humanos inventores hacemos de soluciones propias de la naturaleza.

Es muy interesante conocer sobre esos inventos porque la mayoría de las veces los inventores saben de la naturaleza más de lo que ellos creen.

La abogacía, la escribanía, la economía y casi todas las ciencias humanísticas, abundan en conocimientos sobre nuestra especie aunque los que más saben de esas ciencias, «no saben que saben»: los mejores profesores y profesionales cultivan su destreza para conocer la esencia humana, las intenciones, las mentiras, las trampas, los caprichos, pero lo hacen indirectamente.

Existe el prejuicio de que los que más sabemos de psicología somos los psicólogos, pero es falso. Muchos profesionales saben inclusive más que nosotros, pero tienen esos conocimientos fuera del área operativa de sus mentes.

Ya sea directa o indirectamente, es una buena suerte conocer y entender al ser humano. No sólo para entendernos a nosotros mismos sino también para poder desplegar una beneficiosa y gratificante vida social.

Pero no solamente los profesionales de las ciencias humanísticas saben del ser humano. Los ingenieros informáticos desarrollan sus programas tratando de que sean comprensibles para los usuarios y también tratando de entender cómo razona la mente para copiar los procesos inteligentes y automatizarlos informáticamente.

Les paso dos datos curiosos de nuestra mente:

— Entendemos muy bien la muerte ajena pero no la propia; y

— Entendemos muy bien nuestro derecho a la propiedad pero no el derecho ajeno (1).

(1) El fútbol también simboliza el robo

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El sueño de la autodeterminación

Es un espejismo, ilusión, sueño, suponer que actuamos libremente. La naturaleza «hace y deshace».

Uno de mis referentes intelectuales predilectos, Groucho Marx, dijo: «Todos los hongos son comestibles. Algunos sólo una vez».

Sobre gustos no hay nada escrito: algunos se emocionan con “El lago de los cisnes” interpretado por la compañía de ballet rusa Bolshoi y a mí se me caen las lágrimas reflexionando sobre esta breve frase.

Aunque los gustos no tienen explicación, compartiré contigo qué me excita de este breve pensamiento que hasta puede causar gracias y provocar la risa.

El gran filósofo plantea un giro de 180º para decir que «algunos hongos son venenosos». Pasa de la idea clásica según la cual algunos no deben ingerirse a expresar con total seguridad que «todos pueden comerse», lo importante para él es que algunos no admiten una segunda vez.

¿Quién decide que algunos hongos no pueden comerse dos veces? ¡La naturaleza! Estamos ante un caso de clarísimo determinismo.

Dicho de otra forma: cualquier animal (humano incluido) puede comer todos los hongos que quiera, pero la naturaleza determina que algunas especies no admiten reiteración.

Cuando de comer hongos se trata, nuestra inteligencia puede entender fácilmente e inclusive encontrar formas sabias, ingeniosas y hasta divertidas de decirlo, pero cuando ocurre lo mismo en otras circunstancias, el cerebro no entiende, se confunde, se vuelve ciego, sordo y mudo.

Me explico: Lo que llamamos opciones del libre albedrío no son otra cosa que «decisiones de la naturaleza».

Así como no podremos comer algunos hongos una segunda vez, tampoco podremos:

— dejar de creer en Dios si creemos en Él,
— votar a un candidato nazi,
— practicar nuestra homosexualidad reprimida,
— denunciar en voz alta a quien atrevidamente ignora una fila de espera,
— evitar enfermarnos practicando la medicina preventiva,
— cuestionar nuestros prejuicios,
— (tampoco podremos … otras cosas).


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domingo, 4 de diciembre de 2011

La arrogancia en defensa propia

El orgullo es un sentimiento que nos defiende cuando estamos débiles para seguir viviendo.

Nuestra psiquis tiene una cierta capacidad para recibir y administrar información. Se parece al disco duro de una computadora: posee un cierto tamaño y una determinada velocidad de procesamiento de los datos.

Me rectifico: el disco duro de una computadora se parece a la psiquis humana porque su diseño fue copiado de ella.

Sin embargo, aunque hubo una copia, la diferencia de complejidad entre la mente humana y la computadora más sofisticada, es la misma diferencia de complejidad que existe entre una nave espacial y un destornillador.

Contar con ideas, nociones, información e hipótesis aumenta las posibilidades de que el cerebro pueda hacer producciones más interesantes y rentables (1).

Pero como menciono en el mismo artículo (1), son muy importantes nuestras creencias.

Si creemos que ya lo sabemos todo, nuestro interés por averiguar, informarnos, inventar, estará totalmente desestimulado. Esa gran maquinaria (la mente) será inútil porque no tendrá combustible (estímulo, energía).

Si creemos que nos queda mucho por conocer, la avidez por estudiar trepará a niveles máximos.

Como la psiquis dispone de una capacidad limitada, todo lo que no pueda recibir lo desechará y en esto actúa el instinto de conservación: si la ignorancia nos agobia, nos deprime, automáticamente desarrollaremos la creencia en que ya lo sabemos todo o en que lo que nos falta por conocer es irrelevante.

En otras palabras: los automatismos biológicos de auto-protección se encargan de generarnos ideas, sentimientos, reacciones defensivas cuando nuestra capacidad de respuesta está llegando al límite.

Por eso muchas personas son arrogantes, orgullosas, se jactan de saberlo todo.

Cuando observamos estas conductas en nosotros mismos o en los demás, debemos saber que se han traspasado los límites de esfuerzo biológicamente disponibles y necesitamos engañarnos (arrogancia) «en defensa propia».

(1) La ceguera por convicción

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Lo involuntario e inevitable

El determinismo hace que yo piense y publique diariamente ideas sobre cómo resolver la pobreza involuntaria y el mismo determinismo provocará algunos cambios.

«Si usted cree en el determinismo, ¿para qué publica diariamente ideas sobre la pobreza patológica?», preguntan algunos lectores poseedores de la energía suficiente como para comunicarse conmigo.

La respuesta no es sencilla pero «no hay peor gestión que la que no se hace».

Defino al determinismo como la postura filosófica según la cual todo está determinado por la naturaleza en un régimen de azar puro.

Los humanos somos títeres gobernados por esas fuerzas naturales (físicas y químicas), aunque poseemos la posibilidad de observarnos y describirnos con bastante imprecisión.

Yo, Fernando Mieres, buscador y publicador de las causas de la pobreza patológica, no puedo dejar de hacerlo porque estoy determinado. Si se rompe mi computadora o pierdo el suministro de energía eléctrica y ADSL, busco dónde poder trabajar. Es obvio que no hago este trabajo porque lo he decidido con libre albedrío.

Además, eso que a mí me ocurre (pensar, observar, escribir sobre temas de economía pensada con criterios del psicoanálisis), produce textos que son leídos por ustedes, provocando en vuestros cerebros alteraciones neuronales y químicas, escasamente verificables pero inevitables.

Esos cambios neuronales y químicos en los cerebros que casualmente hayan sido estimulados por mis ideas, ordenarán acciones inevitables (determinadas y no voluntarias), que en pocos años, en pocas generaciones o en pocos milenios, terminarán provocando (o no) la desaparición de la pobreza, la desaparición de la riqueza obscena que ofende la dignidad de la especie o cualquier otro cambio inevitable, fortuito, azaroso, casual.

En suma: la naturaleza y el azar hacen que yo piense y publique todo esto y la misma naturaleza y azar harán que algo ocurra (o no) con prescindencia de la voluntad humana.

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Cuando nuestro cuerpo parece enemigo

El perturbador impulso erótico provocado por las hormonas infantiles y juveniles, puede generar repudio hacia el propio cuerpo.

La ciencia es la rama del saber que nos promete certezas, verdades, seguridad.

Es probable que la «Señora Ciencia» sea una dama presumida, pretenciosa y altamente seductora, que en los hechos no es mejor que miles de señoras que han gestado y criados hijos verdaderos, sin tanta publicidad.

El prestigio de esta «Señora» se debe a que efectivamente tiene algunos logros, pero sobre todo porque dice ser totalmente racional.

Gran parte de la humanidad cree en que el razonamiento es infalible a pesar de que no ha podido terminar con la diferencia entre pobres y ricos.

El Señor Psicoanálisis no es ni mejor ni peor que la Señora Ciencia pero es bien distinto porque no cree demasiado en el razonamiento, muchos menos en el libre albedrío y supone que sólo podemos pasar de una hipótesis a otra aceptando que la verdad definitiva y concluyente es utópica (ideal, imaginaria, inaccesible).

Les contaré una locura psicoanalítica.

Millones de personas creen que fueron violadas o víctimas de un abuso sexual (1).

Es cierto que esto pudo ocurrir (es verosímil), pero existen suficientes argumentos para pensar que el origen de ese «recuerdo» es pura imaginación provocada por otro hecho bastante diferente.

Nuestro cuerpo infantil se excita eróticamente, tiene deseos sexuales que la psiquis no puede procesar adecuadamente por su inmadurez y porque la cultura reprime severamente esos impulsos.

Por estos desafortunados acontecimientos puede ocurrir que algunas personas sientan que su cuerpo es un enemigo, algo que las pone en problemas, que les generan angustia.

Si razona de esta forma, difícilmente tendrá ganas de darle calidad de vida a un enemigo.

En suma: algunas formas de pobreza están causadas por una mala relación con el cuerpo.

(1) Lo que otros afirman que me conviene

El dolor natural y la culpabilidad imaginaria

La violación metafórica

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La naturaleza humana indignada

El movimiento 15-M o Los indignados, constituye un fenómeno natural que procura recuperar (revuelta) el equilibrio ecológico-económico que tenía.

El 15 de mayo de 2011 un grupo de manifestantes españoles protestaron pacíficamente por lo mal que les va.

Claro que para protestar, aunque sea pacíficamente, es necesario hacerlo «contra» alguien.

Los destinatarios de las protestas fueron (y siguen siendo seis meses después), los que figuran como culpables de esas condiciones desventajosas que ya resultan intolerables: los políticos, los banqueros y demás personajes capaces de tomar decisiones en beneficio propio y en contra de los menos privilegiados.

Retomando conceptos que mencioné en otro artículo (1), no se trata de una revolución porque es pacífica y sí puede calificarse de «revuelta» porque los manifestantes quieren recuperar los valores morales que tenía la sociedad antes de la crisis que los afecta.

Este movimiento, denominado 15-M porque se produjo un 15 de Mayo, se extendió a otros países (Francia, Inglaterra, Estados Unidos).

Fue muy oportuna la aparición de un libro (¡Indignez-vous!) del diplomático francés (aunque nacido en Alemania en 1917 y víctima de la Gestapo por su condición de judío), llamado Stéphane Frédéric Hessel (2).

Ese libro, que como su título indica, estimula la indignación de los ciudadanos, le dio un segundo nombre a este movimiento popular: Los indignados.

La filosofía de estos movimientos es protestar contra el sistema capitalista, manifestar insistentemente la disconformidad, abandonar la actitud pasiva pero no la pacifista.

Estos acontecimientos pueden ser considerados fenómenos naturales, con alta participación de la «naturaleza humana»: por causa de una acumulación de frustraciones, como si se tratara de un caudal de agua que crece, esta «masa» (conjunto de manifestantes), «encausa» su presión para producir cambios en el escenario que habitan (países), para que se vuelva más apto.

Seguramente algo ya está cambiando.

(1) Las revueltas psicoanalíticas
(2) En noviembre de 2011, puede consultarse el libro Indignaos, en línea.

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El libre albedrío nos paraliza

La creencia casi universal en el libre albedrío, produce (supuestos) culpables e impide democratizar la riqueza.

En mi búsqueda de las causas de la pobreza patológica (definida como aquella pobreza material que no es elegida deliberadamente por quien la padece sino que le es impuestas por las circunstancias que el «pobre» desearía evitar), parto de la premisa de que todo lo que se ha hecho hasta ahora ha sido inútil, sin descartar que pudo haber sido contraproducente.

No han dado resultado las teorías económicas, las teorías filosóficas, la sociología, los regímenes capitalistas o comunistas, las democracias, las dictaduras. En todos ellos han habido pobres y ricos, siempre hubo un desigual reparto de los bienes colectivos.

Es probable que hayan contribuido a conservar el injusto reparto la creencia en Dios, en la vida después de la muerte, en la glorificación ética de la pobreza. También son contraproducentes el odio a los ricos y el desprecio de los pobres.

En ambos párrafos precedentes, tan sólo describo algunas ideas a modo de ejemplo.

Un factor que me parece nefasto para la injusta distribución de la riqueza tiene que ver con la idea del libre albedrío.

Suponer que somos responsables de lo que hacemos y nos ocurre, termina dándole más fuerza a los fuertes y menos poder a los débiles, porque fácilmente podemos asegurar y repetir hasta convertirlo en verdad, que «los pobres son pobres porque quieren, porque son vagos e irresponsables», mientras que los ricos tienen bienestar porque «son trabajadores, inteligentes y responsables».

Con el determinismo nos quedamos sin culpables y sin víctimas para poder encontrar formas de que la suerte nos llegue a todos de forma similar y con ella, la riqueza que se le asocia.

Tenemos un mal reparto de la suerte (oportunidades) porque sólo buscamos (y encontramos) culpables y víctimas.

Artículo vinculado:

Con menos acusaciones hay menos violencia

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Con menos acusaciones hay menos violencia

Un accidente que para creyentes en el libre albedrío es una tragedia, para creyentes en el determinismo es un fenómeno natural adverso.

¿Qué ocurriría si comenzáramos a pensar que el libre albedrío no existe y que todos nuestros actos están inevitablemente determinados por la naturaleza, el inconsciente y la suerte?

Cada tanto, alguien me hacen esa pregunta cuando insisto sobre nuestro error milenario y planetario (creer en el libre albedrío). La mayoría de los lectores piensa que el determinismo es un invento filosófico, inconcebible, disparatado.

Quizá un ejemplo nos ayude. Pensemos en un accidente de tránsito: dos vehículos chocan en la carretera, los autos se estropean, los conductores padecen algunas heridas, y no le agrego más dramatismo porque para complicar el ejemplo tenemos todo un futuro por delante.

1º) Comenzamos por asistir a los heridos, curar sus lastimaduras, estar con ellos, escucharlos, alentarlos, preguntarles si necesitan algo como llamar a un familiar, alcanzarle algún calmante, agua;

2º) Sacamos los vehículos que dificultan la circulación. Los ubicaremos en algún lugar donde no molesten;

3º) Si los accidentados no necesitan más nada, los dejamos solos. Cada uno de ellos por su parte, tratará de compensar de alguna manera el tiempo que están perdiendo e iniciarán telefónicamente los trámites de seguro.

4º) Como las compañías de seguros están organizadas según un criterio determinista, simplemente cubrirán todos los gastos que estén previstos porque se trata de un accidente fortuito, no hay culpables sino sólo daños para reparar. Si existiera algún gasto no cubierto por las compañías de seguros, lo pagarán ambos perjudicados por partes iguales.

Si lo evaluamos filosóficamente, ambos conductores compartieron una circunstancia desafortunada cuyas consecuencias probablemente impacten de diferente manera en cada uno, como si un huracán les hubiese provocado idénticos daños materiales y emocionales. Tan solo compartieron un hecho perjudicial.


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Los sistemas económicos son ecológicos

Es probable que los regímenes económicos sean fenómenos naturales y que la ecología los entienda mejor que la economía.

Quizá no sea prematuro ir concluyendo que no existe la teoría económica que nos salve de las escaseces, ineficiencias, crisis.

Durante más de setenta años la Unión Soviética nos hizo creer que el comunismo es la solución, hasta que colapsó en 1989.

En este momento tenemos la isla cubana en la que hace más de cincuenta años se procesa una «revolución» que ya parece un giro descontrolado y caprichoso porque, por definición, una revolución es algo que gira, cambia el rumbo, se reorienta y luego deja de dar vueltas.

En China el comunismo maoísta tiene más de sesenta años y parece tener larga vida porque de la teoría ortodoxa conserva discretos indicios.

El capitalismo, bastante más longevo que el comunismo, lleva tres siglos de vida (si aceptamos que su origen se remonta al siglo 17 en Inglaterra) pero durante esta segunda década del siglo 21 está exhibiendo preocupantes quebrantos de salud

— Podríamos pensar que el ser humano necesita las crisis porque el «fenómeno vida» (1) depende de los cambios, el dolor, la muerte que habilite nuevas vidas.

— Podríamos pensar que no necesitamos este tipo de cambios pero que estamos empecinados en tratar los temas económicos como si fueran asuntos dependientes del dinero y la producción cuando en realidad dependen del deseo humano, del cual no sabemos prácticamente nada.

— Podríamos pensar que los regímenes económicos no dependen para nada de la voluntad humana sino que son fenómenos naturales, circunstancias propias de cada región geográfica, como lo son el clima seco, frío, ventoso, tropical, pero que los humanos, como integrantes jactanciosos de esos fenómenos naturales, nos creemos protagonistas, encargados, responsables, simplemente porque a nuestro cerebro le da por creer en su libre albedrío.

(1) Los estímulos para la vejez
Los perjuicios de las donaciones


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El dolor natural y la culpabilidad imaginaria

Por varios factores estamos convencidos de que si no vivimos mejor es por culpa de otras personas (enemigas, irresponsables, dañinas).

Algunas ideas sobre las que he comentado, son:

— La naturaleza se vale de provocarnos dolor y placer para que se produzcan los movimientos que estos factores estimulan (1);

— Nuestro cerebro conserva la lógica animista por la que inconscientemente le asignamos actitudes humanas a todo lo que de una u otra manera nos afecta (microbios, insectos, plantas, viento, inundaciones) (2).

— Nuestra cultura sostiene que el ser humano es responsable de todo lo que hace porque dispone de la libertad de elegir, aunque muchas evidencias nos conduzca a considerar que estamos plenamente determinados por los genes, la biología, los fenómenos naturales, el inconsciente.

Combinando estas ideas sobre las que he comentado, puedo decir a su vez que cuando nos toca sufrir porque la naturaleza nos estimula dolorosamente, es probable que nuestro cerebro prefiera suponer que ese malestar no es parte de la normalidad sino que se trata de un castigo que no merecemos, pues si bien somos responsables de nuestros actos (libre albedrío), no hemos hecho nada para merecer este dolor de muelas, esta gripe o esta impotencia sexual.

Nos convencemos que estos infortunios son culpa de alguien ignorando que se trata de algo que nos pasa así como un árbol puede ser partido por un rayo o una vaca puede morir en una inundación.

Ahí comienza nuestra búsqueda de responsables: «tengo mala dentadura porque mi padre también la tenía», «en el trabajo me hacen cumplir el horario aunque llueva y haga frío, por eso me engripé», o «mi mujer es frígida».

En suma: Ciertas hipótesis (equivocadas) nos llevan a suponer que vivimos bajo algún ataque, abuso, o violación. Responsabilizamos y acusamos a otras personas de que el fenómeno vida dependa del dolor.

(1) Blog que reúne artículos sobre el dolor de vivir.

(2) ¿El dinero persigue a quienes lo desprecian?

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La inocencia de quien roba a un ladrón

Existe una especie de «cadena de robos» (explotación, abuso), donde quienes vendemos «commodities» somos un «eslabón» más.

La palabra inglesa «commodity» también es usada por quienes hablamos español.

Se denomina así a la materia prima difícil de diferenciar pues son casi idénticos el petróleo venezolano y el de Arabia, el trigo argentino y el mexicano, o las bananas brasileras y las de Ecuador.

Esa dificultad para diferenciarlos hace que su precio sea casi el mismo en todos los mercados.

Yo supongo, basado exclusivamente en razones fonéticas, que el vocablo «commodity» significa «común» [common], es decir, «lo que no está diferenciado», lo que no es raro.

Pero también supongo otra cosa y es que «commodity» está vinculado lingüísticamente a «accommodation», es decir, «un lugar donde vivir».

Probablemente no sea casual (aleatorio, azaroso, fortuito) que en los países productores de alimentos y minerales (commodities), también padezcamos una mala distribución de la riqueza.

Si no es por mala suerte (casualidad) que los países productores de materias primas tengamos la peor justicia distributiva, entonces llegamos al lugar donde también ha llegado el sentido común: algo estamos haciendo mal los pueblos.

Naturalmente, quien piensa que existe el libre albedrío tratará de buscar culpables.

Quienes creemos en el determinismo podemos suponer que la misma naturaleza que ha puesto en nuestros territorios la generosidad de una tierra fértil y de un subsuelo rico, puso pueblos adaptados a una especie de «paraíso» («accommodation»), desmotivados para agregar mano de obra diferenciadora que le aumente el valor a sus productos exportables.

En suma: Si abandonamos las hipótesis de culpabilidad que sólo nos han traído gobiernos militares, persecuciones y dictadores, es natural que los vendedores de «commodities», que no hacemos más que «robar» lo que produce u oculta nuestro suelo, quedemos expuestos a que otros nos «roben» (exploten) sin que podamos evitarlo.

Artículo vinculado:

Ignorar para no sentirse culpable

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sábado, 5 de noviembre de 2011

Pisar, andar, marchar, caminar: sinónimos de fornicar

Puesto que el verbo «pisar» es sinónimo de fornicar, cualquier desempeño productivo puede incluir una connotación sexual.

— ¿Cómo andan tus asuntos?
— Este comercio marcha bien.
— La empresa camina de maravilla.

En otro artículo (1) he mencionado que el inconsciente es lo que realmente toma las decisiones de nuestra vida, guiado por los instintos, recuerdos, experiencias y deseos que por algún motivo tuvieron que ser reprimidos, olvidados (pero nunca desactivados).

El instinto-deseo más importante, como corresponde, debió ser reprimido con más energía y, si todo funcionó correctamente, en la adultez no tenemos ni idea que alguna vez tuvimos aspiraciones incestuosas que se vieron drásticamente censuradas y prohibidas.

El principal aporte del psicoanálisis consiste en mejorar las consecuencias más negativas, molestas, angustiantes de ese proceso tan emocionante y frustrante vivido cuando teníamos aproximadamente cinco años.

Habrán observado que las tres primeras frases incluyen verbos que refieren a la acción de pisar (andar, marchar, caminar).

El verbo pisar tiene varias definiciones como puede leerse en este Diccionario , pero me interesa destacar aquellas que refieren al coito.

Efectivamente, muchas aves lo realizan de tal forma que el macho se para arriba (pisa) a la hembra. Por analogía, en varios países hispano-parlantes utilizan el verbo «pisar» como sinónimo de coger.

Es posible pensar a modo de hipótesis, que toda acción de caminar, trotar o correr sobre la «madre tierra» remite a una forma de eludir la prohibición del incesto.

Sin entrar a considerar la moda que ya tiene algunas décadas de cuidar la salud haciendo ese ejercicio sistemáticamente, las alusiones mencionadas en las tres primeras frases nos permiten suponer que cuando un trabajo, negocio o emprendimiento «anda, marcha o camina», bien o mal, este resultado puede estar vinculado a cómo el inconsciente del trabajador lo asocia con la sexualidad permitida o prohibida.

(1) Producir y reproducirnos

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Un diablo pobre es menos dañino

El temor a los demonios es en realidad un temor al deseo. Una técnica para controlar el deseo es quitarle recursos económicos (dinero).

Los demonios suelen ser de sexo masculino (diablo, Satanás, Lucifer, Mefistófeles, Belcebú, anticristo, mandinga, íncubo) aunque para evitar reclamos sexistas también tenemos algunas femeninas (brujas, arpías, hechiceras).

Estas figuras mitológicas son creadas

— para identificar el origen de ciertos males, y para
— intentar neutralizarlos mediante técnicas exorcistas.

El miedo fundamental es al dolor, a vernos en una situación desesperada, aterrorizados porque vemos cómo nuestra vida se extingue en un mar de sufrimientos.

Si esto pudiera ser percibido serenamente, quizá veríamos que estas imágenes tan escalofriantes no son otra cosa que el determinismo dentro del cual vivimos, esto es, que no tenemos control sobre nuestra existencia.

En otras palabras, tenemos mucho interés en conservarnos y para eso soñamos con poseer el poder suficiente para ser eficaces en esa conservación.

Necesitamos pensar que podemos evitar las enfermedades, el envejecimiento, las pérdidas materiales, la pérdida de seres queridos, del amor de otras personas y cada poco nos aparece alguna evidencia de que en realidad no poseemos ese control de nuestro patrimonio psíquico, afectivo, biológico, económico.

La «caja negra», el dispositivo imaginado desde el cual somos controlados, es el inconsciente.

Esta parte nuestra podría ser perfectamente un demonio que nos habita, pues esporádicamente algo nos falla, en algo nos equivocamos, algo nos sale mal y ese anhelado control se pierde.

Peor aún, nuestro deseo no es controlable aunque no paramos de ejercitarnos en su domesticación, le ponemos barreras para que no nos sabotee, nos traicione, nos lleve a la perdición.

En suma: Es posible pensar que una buena estrategia para controlar a los demonios que se expresan mediante el deseo, consista en quitarles esa herramienta fundamental para sus actividades destructivas: el dinero.

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Producir y reproducirnos

El coeficiente intelectual mide nuestra inteligencia aunque en última instancia esta depende de cuánto podamos privarnos de las ilusiones.

La lógica psicoanalítica es más discutible que la lógica matemática porque es más flexible, cuenta con premisas no confirmadas y sobre todo, porque nuestros cerebros padecen una tendencia muy fuerte a rechazar lo desagradable y a creer lo conveniente, lindo, fácil.

Aunque nuestro cerebro considera más conveniente, lindo y fácil suponer que nuestra especie es maravillosa, insuperable y mimada por un ser infinitamente poderoso, bueno y justo como es Dios, tendríamos que poder admitir que somos una especie más y que nuestras únicas funciones, misiones y destino son reproducirnos para que la especie sea inmortal (1) y producir para alimentarnos el tiempo necesario para que podamos gestar y criar a los nuevos ejemplares.

Los humanos vivieron bien mientras creyeron

— que el planeta Tierra era el centro del universo,
— que somos una estatua viviente esculpida por Dios, y
— que tenemos libre albedrío.

Los humanos sufrieron las pérdidas de estas tres creencias (ilusiones) cuando

— Copérnico demostró que nuestro planeta gira en torno al sol;
— Darwin nos convenció de que descendemos del mono;
— Freud propuso la existencia del inconsciente cuya función psíquica determina nuestras decisiones.

La desilusión provocada por estas novedades generó grandes protestas, descalificaciones, intentos de «matar al mensajero» (Copérnico, Darwin, Freud).

Muchas personas consideran inadmisible que sólo seamos portadores del ADN que le da inmortalidad a la especie y que una vez entregado nuestro legado a la próxima generación (reproduciéndonos), como si fuéramos participantes de una carrera de relevos (1), ya no tenemos motivos para seguir corriendo (viviendo).

Por este tipo de resistencia a las malas noticias, seguimos diciendo que «el sol sale por el este» en vez de reconocer que, en nuestra rotación, comenzamos a verlo por el este.

(1) El espíritu en realidad es la sexualidad

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Educar es imposible y aprender es inevitable

Sería ideal una educación sin coacción, pero en los hechos es imposible.

Los niños normales viven en su mundo pero pueden salir de él. Cuando no pueden salir de él padecen autismo.

Cuando están en su mundo, acomodan las interpretaciones de la realidad a los conocimientos que poseen, a la capacidad mental propia de su edad y al placer.

Ellos no ven las cosas exactamente como son sino como les gustaría que fueran:

— Los padres son omnipotentes, maravillosos y lo saben todo;

— Vieron cómo se aplican los inyectables y sabrían hacerlo si les prestaran una jeringa;

— El perro está de acuerdo con él sólo que no es de hacer comentarios.

Los adultos los vemos, creemos entenderlos recordando nuestra propia niñez y tratamos de que sus fantasías, ilusiones y creencias, sentidas y vividas como la pura realidad, no se conviertan en peligrosas para ellos y caigan por una escalera, se corten con un cuchillo o queden electrocutados al meter los dedos en un tomacorriente.

Con los adultos ocurre algo similar sólo que no podemos vernos como nosotros vemos a los niños. La introspección, la reflexión o la autocrítica son intentos de poco alcance para saber cómo somos.

Quienes nos dedicamos toda la vida a entendernos, tampoco lo logramos, aunque quizá poseamos algunas ideas más de las que poseen otros que dedican su energía a otros asuntos.

Una ilusión similar a la de los niños nos ocurre con el libre albedrío. Así como ellos creen ser médicos, bomberos o capaces de volar, nosotros nos sentimos capaces de saber, educar, gobernar, dirigir, decidir.

Sin embargo, estamos determinados por la naturaleza (genética, clima, sociedad, anatomía).

Este determinismo hace que educar (modificar la conducta de otra persona) sea imposible sin cierto grado de coacción y que aprender sea inevitable cuando la curiosidad nos coacciona.

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domingo, 2 de octubre de 2011

Los humanos creemos saber más que la naturaleza

El pensamiento delirante que caracteriza inclusive a personas muy prestigiosas de nuestra especie, es el que nos hace pensar que los humanos deberíamos participar en un reparto más equitativo de riquezas naturales y económicas.

Dicen que el cosmos es más antiguo que el ser humano y yo lo creo.

También dicen que la naturaleza contiene al ser humano, que el ser humano no contiene a la naturaleza y yo lo creo.

Nuestro cerebro puede comprender y hasta aceptar que la naturaleza es más antigua y más grande que nuestra especie, pero nuestro cerebro también puede hacer otro recorrido para terminar concluyendo que todo los hizo Dios y que Dios nos tiene a los humanos como sus creaturas preferidas.

Esta última idea es la que nos permite suponer que si no somos los más antiguos ni los más grandes, al menos somos los más importantes.

Razonando de esta forma, personas muy respetables por su sabiduría, linaje y honorabilidad, realmente nos hacen dudar sobre quiénes somos (los humanos) en realidad.

Si pudiéramos apegarnos a una percepción fríamente objetiva, tendríamos que aceptar que no existe ningún ser superior y que Dios es una figura mitológica que nos alegra la existencia.

Alejados de este ser superior, terminamos pensando que todos los seres vivos nacen con diferencias vitales (fortaleza, longevidad, inteligencia) y por lo tanto el reparto injusto de la riqueza tiene un origen anterior, esto es, el reparto injusto de condiciones biológicas (cuerpo más o menos perfecto).

Las molestias provocadas por la distribución de la riqueza material surgen porque los humanos pretendemos perfeccionar nada menos que la naturaleza que nos incluye, nos contiene y nos determina.

En suma: Es nuestra desproporcionada arrogancia la que nos hace pensar que deberíamos recibir de la naturaleza y de la sociedad, similares cantidades de recursos.

Artículo vinculado:

Lo que la naturaleza no da, nadie lo presta

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Las órdenes de las leyes naturales

Los humanos no escapamos al orden natural que determina todo lo que ocurre, aunque nos creemos protagonistas, responsables, causantes, autores.

Este tema tiene miles de excepciones, casos, posibilidades: No por eso queda prohibido hacer alguna mención en 300 palabras.

Si fuera cierto que las hembras humanas convocan a los machos como cualquier otro mamífero en celo, es posible que lo haga con una cierta variante respecto a las otras mamíferas (felinas, equinas, caninas).

«Las animales» no humanas excitan a los machos mediante un olor específico (feromonas) (1), quienes concurren a disputarse la copulación: el ganador es premiado con ese trofeo.

Por su parte, «las animales» humanas se diferencian de las no humanas en que están en celo todo el año, eligen directa e intuitivamente a los varones mejor provistos genéticamente y sin que estos necesiten tomarse a golpes.

Sin embargo, la condición menos humana de nuestra especie hace que a veces sí haya competencias, enfrentamientos, luchas.

En las clases sociales menos educadas, es probable que algunos jóvenes tengan luchas que no excluyen la ultimación mortífera porque otro varón «miró» de cierta manera a su novia.

En términos más generales, ellas seleccionan, eligen, determinan y luego seducen mediante técnicas sutiles al varón preferido. Todos los demás quedan fuera de su campo visual (es decir: ni los miran).

Claro que el afán de protagonismo de ellos los inducirá a creer que fueron los habilidosos conquistadores. Les costará admitir que fueron condiciones orgánicas propias —constituidas en el momento en que fueron gestados por sus padres—, las que determinaron que fueran elegidos.

Pensarán que el éxito fue logrado porque aprendieron a bailar, usan ropa vistosa, se peinan con elegancia, son inteligentes.

Ellas también pensarán que son lindas, inteligentes, glamorosas.

Sin embargo, estos futuros padres sólo obedecen órdenes de la naturaleza.

(1) «A éste lo quiero para mí»
«Soy celosa con quien estoy en celo»

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La naturaleza «decide» todo

Al tomar conciencia de qué hará la naturaleza con nosotros, creemos equivocadamente que en realidad tomamos una decisión libre y responsable.

Cuando reflexionamos solemos desembocar en una de las grandes interrogantes del ser humano: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?

Esta pregunta puede parecer trivial porque es muy popular. A su fuente inspiradora tenemos acceso casi todos y nadie deja de entenderla.

Quienes creemos en el determinismo, estamos casi seguros de que somos agentes pasivos de la naturaleza, es decir, que tenemos el mismo grado de decisión que tiene cualquier animal, o el polen cuando vuela para fecundar cualquier flor de su especie, o la misma decisión que tienen los espermatozoides cuando entran al cuerpo femenino nadando frenéticamente, para llegar al óvulo maduro y gestar un nuevo ejemplar de la especie.

En esos mililitros de semen que salen del varón, viajan millones de espermatozoides que morirán irremediablemente.

Si caemos en la equivocación de suponer que la naturaleza «piensa», «evalúa», «juzga» y «decide» como lo hacemos los humanos a lo largo de la vida (1), será difícil entenderla.

La naturaleza no es un ser humano más grande; es en contexto, un existente (algo que existe), y que observada por una parte de ella (los humanos), tiene una lógica, las cosas ocurren siguiendo ciertas «reglas naturales».

La pregunta sobre si es primero el huevo o la gallina intenta sugerir que los humanos somos actuados por la naturaleza pero creemos que somos nosotros quienes tomamos decisiones.

Con esa pregunta «avícola», al menos demostramos cautela, prudencia y nos podemos interrogar más específicamente: ¿Qué es primero, la imposición de la naturaleza sobre nuestra conducta o la toma de conciencia sobre qué haremos?

Parece claro que primero sentimos que nuestro cuerpo se bañará, comerá, bailará y casi enseguida «tomamos la decisión» de bañarnos, comer, bailar.

(1) La naturaleza es una monarquía absolutista

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La verdad como presidio

Como en un espectáculo de ilusionismo, «vemos» que para ser presidiario es necesario estar dentro de una cárcel de donde (otros) no nos dejen salir.

Tengo la receta mágica para que los presidiarios no se fuguen de las cárceles y la comentaré ahora.

Para que eso ocurra el presidiario tiene que estar mejor dentro de la cárcel que afuera.

El método es tan infalible que si los carceleros le pidieran que se fuera, lo tomaran de un brazo y lo pusieran «de patitas en la calle» o los expulsaran a empujones, el presidiario podría construir un túnel que desemboque en su celda.

Los más escépticos enarcarán una ceja y dirán socarrones: «¡Ja!, vaya descubrimiento. Si lo instalan en una suite presidencial de un hotel cinco estrellas, tampoco querría irse».

¡Error! No es eso lo que más desea el señor presidiario, no es eso lo que a cualquier ser humano como él y como nosotros, más nos complace.

No caigamos en la trampa de la obviedad y el sentido común.

Si algo se presenta como muy evidente, desconfiemos porque hay gato encerrado (sin olvidar que debajo de la piedra está el cangrejo).

Para tratar de justificar mi paradójico descubrimiento que parece plagado de ingenuidad, déjeme comentarle que todos nosotros somos altamente resistentes a los cambios, que cuando creemos estar seguros de algo, tendrán que dinamitarnos el cráneo para que admitamos poner en duda nuestras creencias. Nuestras cabezas piensan: «Si haciendo esto estoy vivo y no me duele nada, cambiarlo equivale a sufrir y fallecer».

En suma: para nosotros nuestras verdades son convenientes, necesarias e imprescindibles y es por eso que estamos encerrados dentro de nuestras creencias como el presidiario lo está en su celda y hasta haríamos un túnel para volver a nuestras convicciones si alguien lograra alejarnos de ellas.

Nota: la imagen pertenece a la película El silencio de los inocentes, donde el personaje Hannibal Lecter debe ser recluido bajo medidas de seguridad extremas... como quedamos cuando estamos muy seguros de algo.

Artículo vinculado:

Las categorías como presidio

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sábado, 3 de septiembre de 2011

La naturaleza es una monarquía absolutista

Aunque sea desagradable es conveniente (ventajoso) buscar como objetivo una mayor humildad respecto a la naturaleza.

Continuando con un artículo pasado (1) en el que señalaba el error que involuntariamente cometemos cuando le asignamos a la naturaleza conductas humanas, en esta ocasión puede ser interesante comentar que nosotros mismos somos parte de esa naturaleza (como lo es un árbol, un pez o las nubes) y que, por lo tanto, ocurren en nosotros fenómenos naturales que tampoco son la consecuencia de alguna conducta humana.

Efectivamente, la gestación, embarazo y parto, están rodeados de intensas tareas de la futura madre y de otras personas de la sociedad que la rodean, pero tampoco son fenómenos que ocurran según criterios humanos.

Esto es más difícil de aceptar porque estamos convencidos de que los padres «hicieron el amor» porque quisieron, o que podrían haber abortado o no, la embarazada podría haber cuidado su salud o no, el nacimiento podría ser por parto natural o por cesárea y demás «decisiones».

Si es difícil pronosticar cuáles son los números sorteados de 5 ó 6 bolillas, pronosticar cuál será la combinación genética de esta gestación es humanamente imposible.

Cuando «la suerte está echada» en ese mega-sorteo (la combinación genética), se inician una serie de eventos que toman a la madre como agente pasivo, de forma similar a como la tierra tiene una participación involuntaria en la germinación de una semilla que se convertirá en un árbol.

Todo parece indicar que:

— Es disparatado suponer que la naturaleza «piensa»;
— Continúa y se agrava el error si decimos que «piensa como un ser humano»;
— «Delirar» en latín significa «apartarse del camino» y en este sentido es delirante (descaminado) creernos protagonistas (culpables o meritorios) de lo que nos ocurre;
— Por todo esto, ganaríamos calidad de vida siendo más humildes y menos delirantes.

(1) «La naturaleza piensa como yo»

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La omnipotencia de quien duerme con el enemigo

Muchas personas respetables se creen capaces de desempeñar roles que tienen intereses contrapuestos en un gesto de omnipotencia frecuentemente ignorado.

En varios artículos he compartido con ustedes algunos comentarios sobre dos creencias (supuestos, premisas, prejuicios) bien interesantes que utilizamos los humanos sin prestarle atención, como si fueran verdades incuestionables.

Me refiero al libre albedrío (hacemos lo que queremos) y al dualismo cartesiano (somos la suma de un cuerpo más un espíritu).

Creer en el libre albedrío (1) y en el dualismo cartesiano (2) nos induce a practicar un estilo de omnipotencia muy frecuente y que aún no se ha detectado como proveedor de pérdidas, errores, injusticias.

Ambos supuestos nos permiten tener la convicción de que podemos actuar en ámbitos diferentes aunque estos tengan intereses opuestos.

En términos más concretos, creemos que somos capaces de ser «juez y parte», que tanto podríamos realzar y fundamentar los atenuantes del acusado (como haría un abogado defensor) e inmediatamente realzar y fundamentar los agravantes del acusado, como haría un fiscal o la víctima del delito que se le imputa.

En términos más concretos, creemos que somos capaces de luchar eficazmente defendiendo los intereses de los trabajadores y simultáneamente integrar el directorio de la empresa contra la cual se demandan mejoras laborales.

Algo que a todos nos toca más de cerca, está dentro de nuestra propia casa.

Efectivamente estos factores (creencia en el libre albedrío, creencia en el dualismo cartesiano y sentimiento de omnipotencia de que podemos «ser jueces y acusados»), nos inducen a creer que en las relaciones afectivas podemos sentir y expresar hostilidad cuando de asuntos económicos se trata.

En suma: no podemos amar a nuestro competidor, o es un colaborador o no lo amamos; o «estamos en el mismo bote» o estamos tratando de hundirnos mutuamente. La omnipotencia genera hipocresía y corrupción.

(1) Blog dedicado al Libre albedrío y Determinismo

(2) El dogma del dualismo cartesiano


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La histeria aparente

Las mujeres parecen histéricas cuando instintivamente (inconscientemente) procuran que el varón que eligieron se comprometa socialmente como buen padre de familia.

Según he comentado con ustedes:

— Los seres humanos creemos tener libre albedrío pero estamos tan determinados como cualquier otro ser vivo (1);

— Como ocurre con los mamíferos, la hembra (mujer) convoca a los varones genéticamente más convenientes, sin darse cuenta (inconscientemente) (2);

— Por razones culturales, las uniones entre hombres y mujeres con fines reproductivos se realizan en forma monogámica (un hombre con una mujer);

— También entre culturas occidentales, se acostumbra que se teatralice un cortejo del varón hacia la mujer, simulando que es él quien elige, seduce y conquista (3);

— Para asegurar que luego de fecundar a la mujer ese hombre se responsabilice de atender las necesidades y deseos de ella y de los hijos, la mencionada representación en la que él elige, seduce y conquista habrá de ser pública, para que existan testigos de que fue él quien hizo todo lo posible para que ella aceptara ser fecundada por él (3).

Para que el varón se involucre en este compromiso exhibiendo su actitud ante testigos, para que su responsabilidad como proveedor, protector y administrador difícilmente sea eludida por él, la mujer sin saberlo demora la aceptación, el consentimiento, obligándolo a insistir, esforzarse, ratificar con la máxima claridad posible cuán responsable es de que finalmente se forme una familia.

Los varones, en tanto

— fueron seducidos inconscientemente por ella;

— buscan satisfacer su deseo sexual cuanto antes; y

— procuran comprometerse lo menos posible,

suelen irritarse con las evasivas de ella, pensando que es una histérica, que no sabe lo que quiere, que se está haciendo rogar, cuando lo que en realidad está ocurriendo es que la mujer instintivamente (inconscientemente) se las ingenia para perfeccionar ante testigos el compromiso del hombre.

(1) Libre albedrío y determinismo
(2) «A éste lo quiero para mí»
«Soy celosa con quien estoy en celo»
«La suerte de la fea...»
Ellas tienen motivos para llorar ... y celar
(3) La parodia pre-matrimonial

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El consumismo y la súper población

Buscamos la felicidad en fuentes externas (consumismo) porque la fuente natural (reproducirnos) está transitoriamente desestimulada por la autorregulación que realiza la naturaleza de nuestra población mundial.

Esperar que la felicidad venga de afuera no solo es una consecuencia de la economía de mercado, mercantilismo, marketing y consumismo sino también una consecuencia del exceso de población.

Efectivamente, estamos provistos de la capacidad de crear nuestra propia felicidad procreando.

El orgasmos que goza un varón cuando siembra en la mujer que lo eligió para ser padre de sus hijos, es una ganancia a cuenta de mayor cantidad.

Ella a veces también cobra ese adelanto (tiene orgasmos), pero no le son imprescindibles porque fisiológicamente los espasmos orgásmicos son necesarios para que el líquido seminal sea expulsado de los testículos y no son necesarios en la hembra receptora (1) porque su cuerpo está diseñado para recibir los espermatozoides y silenciosamente (sin que ella lo registre), el líquido avance por las trompas de Falopio en busca de algún óvulo maduro para fecundar.

La súper población mundial genera en los humanos un incontrolable desinterés por la procreación porque la naturaleza se autorregula de esta manera.

Cuesta entender esto a quienes están convencidos de que todo el acontecer humano es producto del libre albedrío, pero es fácil entenderlo para quieres asumimos que la naturaleza es la única que hace y deshace, utilizándonos o no.

Como nuestra principal fuente de alegría (felicidad) proviene de la procreación o de alguna de sus metáforas (creación artística, construcción de objetos, edificación, etc.), la desmotivación de nuevos nacimientos (por súper población), colateralmente también abate (disminuye, restringe) otras formas humanas de procrear (las metafóricas, por sublimación) y por eso utilizamos fuentes externas de felicidad consumiendo.

En suma: el consumismo es una consecuencia indirecta de que ecológicamente nuestra especie está llegando al máximo de ejemplares.

(1) Los orgasmos inútiles

Artículos vinculados:

Las sutilezas de la ecología
Más producción y menos reproducción
«A éste lo quiero para mí»

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El corazón: ¿amo o esclavo?

Quienes piensan muy seriamente por qué vivimos, terminan aterrados porque sólo pueden llegar a la conclusión que es de puro milagro.

En la observación de cuerpo humano, tres son los puntos que todas las culturas han señalado como principales: la cabeza, el corazón y los genitales.

También está en nuestra psiquis privilegiar los lugares centrales, por lo cual el corazón ocupa un lugar de privilegio (sin olvidar que la cabeza está «por encima de todo»).

Lo que simbólicamente parece ocupar el lugar menos valorado de los tres más importantes son los órganos genitales, cosa que parece coherente con los eternos conflictos de la sexualidad.

El corazón era la única víscera que los egipcios dejaban en el interior de las momias como recurso necesario en la (supuesta) vida eterna.

También encontramos que los pueblos han creído que el corazón es el verdadero asiento de la inteligencia mientras que el cerebro es su instrumento ejecutor.

Observemos que en nuestros días se habla nuevamente de la «inteligencia emocional».

Se ha pensado insistentemente que el corazón es la imagen del sol en el ser humano así como el oro es la imagen del sol en la Tierra.

Esta sobrecarga significante se ve aún más fortalecida si tenemos en cuenta la importancia anatómica que todos conocemos más el detalle nada menor de que es único pues no está duplicado como los riñones, los pulmones o los ojos.

Por lo tanto los seres humanos que suponen ser los encargados de conservarnos la vida porque no piensan que esta ocurre por un fenómeno natural sino que es el resultado de nuestro esfuerzo, dedicación, inteligencia, precaución, dieta, prevención, llegan a la extraña pero real situación de que son esclavos de esa víscera y tienen en su representante conocido (el cardiólogo) a un carcelero que vigila su inútil responsabilidad.

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viernes, 5 de agosto de 2011

La arrogante defensa de la verdad

Nuestro cerebro es defectuoso y piensa con errores pero a pesar de eso tenemos que usarlo como hasta ahora.

Según el determinismo todo lo que somos y hacemos está determinado por factores que nos influyen. Desde la concepción, cuando papá fecundó a mamá, la suerte es la artesana de nuestra existencia.

Sin embargo nuestra mente tiene la sensación de que podemos decidir cuando en realidad lo que ocurre es que algo dentro nuestro nos obliga a realizar determinado acto.

Esta equivocación es más visible cuando observamos que algunas personas crean detalladas explicaciones de cómo ocurrieron los acontecimientos, dando a entender que era posible saberlo con anticipación.

Es el caso de quienes discuten de fútbol explicando por qué el resultado que informa el diario del lunes ya era conocido (previsible, imaginable, adivinable) antes de que se jugara el partido del domingo.

Nuestro cerebro no es capaz de entender con claridad qué es el futuro y tan débil es esta función mental que algunos llegan a afirmar que el futuro ya existe pero que sólo algunos lo conocen (videntes, futurólogos).

Los delirios son casos extremos de disfunción mental. En ellos el delirante está seguro de que las alucinaciones visuales o auditivas ocurren realmente y si su forma de describirlas es muy coherente, hasta quienes no lo padecen se preguntan si el enfermo no tendrá razón y que son ellos quienes no ven lo que el delirante narra.

Observe que si una persona sana, normal, sin dificultades psíquicas, está segura de que existe Dios, de que el futuro está en el presente y puede ser conocido con anticipación, también se autoconvence de que su pensamiento es confiable.

En suma: si aceptamos que nuestro cerebro comete errores así como nuestra vista puede ser engañada por un ilusionista, es arrogante defender cualquier certeza (verdad).

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Controlar la necesidad de controlar

La filosofía de vida de nuestra cultura nos impone una actitud responsable, controladora y combativa, que podría ser el factor predisponente para que la riqueza se reparta mal.

En nuestra cultura están instaladas las siguientes creencias (supuestos, prejuicios):

1) Nos acechan muchos peligros;
2) Para defendernos de esos peligros tenemos que ser fuertes y firmes, es decir que no podemos ser débiles y flexibles;
3) Estamos encargados de defender nuestra vida;
4) La única forma eficaz de defender nuestra vida es luchando por ella y contra los enemigos (enfermedades, fenómenos naturales, otros humanos);
5) El ser humano es libre y por lo tanto responsable; puede hacer lo que desee y por lo tanto es culpable de sus errores y admirable por sus aciertos.

En suma: Vivir es una actividad que demanda energía combativa y es imprescindible tener bajo control todas las posibles amenazas.

En nuestra cultura padecemos una irregular distribución de los bienes del planeta: algunos tiene más de lo que necesitan y otros tienen menos.

Por lo tanto es posible suponer que las particularidades culturales podrían ser causa de la mala distribución de la riqueza.

Una alternativa posible consistiría en pensar de otra forma.

Por ejemplo:

— La naturaleza se encarga de conservar la vida de los individuos y de las especies y con nosotros ocurriría algo similar si no tuviéramos esta creencia de que «la vida es peligrosa y tenemos que controlarla»;

— La creencia en que somos responsables de seguir vivos nos provoca mucho miedo porque sabemos de la escasa inteligencia de que disponemos para tan alta exigencia;

— Por creer que los otros seres vivos que ponen en riesgo nuestra sobrevivencia deben ser combatidos, gastamos mucha energía inútilmente. Quizá corresponda negociar con ellos (virus, alimañas, competidores humanos) para mejorar la convivencia con el menor gasto posible.

Artículo vinculado:

Este virus es antipático

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martes, 12 de julio de 2011

Lotería con millones de bolillas y miles de premios

Todo es azar: la salud, las oportunidades, la dotación genética, la habilidad y perseverancia para ganar dinero, elegir las mejores ideas.

Muchas personas creen la sentencia casi bíblica según la cual «somos lo que comemos».

En este tema soy agnóstico: Ni lo acepto ni lo niego. Más simplemente: no sé.

Sin embargo soy casi religioso de otra sentencia casi bíblica según la cual «somos lo que pensamos».

Aunque más exactamente, nuestro pensamiento es el resultado de un estado general de nuestro cuerpo influido por los factores ambientales.

Por ejemplo, si la noche anterior hemos bebido en exceso, quizá amanezcamos con dolor de cabeza y nuestro imparable cerebro difícilmente segregue ideas luminosas, alegres, optimistas. Es casi seguro que evoquemos ideas tan incómodas como para que estén en armonía con el dolor de cabeza.

El azar forma parte de nuestra vida porque somos parte de la naturaleza y en esta el azar cumple un rol fundamental.

Por ejemplo: un viento muy fuerte sacude a los árboles, desprendiéndole las semillas que estaban en mayor estado de maduración, estas vuelan y van a dar a un terreno fértil, caen sobre una roca, sobre la azotea de una casa, en el mar.

Algunas semillas ya sabemos que no germinarán porque caen en lugares inadecuados (rocas, mar, techos) y otras quizá sí germinen.

Usted lee estas ideas por azar (como el viento) y las aceptará o no según cómo sea su cerebro y cómo haya amanecido.

También es por azar que su cerebro encontrará o no las mejores opciones para ganar el dinero que necesita para vivir con su familia.

Si casualmente usted acepta la influencia del azar hará mil intentos por progresar, si cree en el destino quizá se resignará sin luchar, si cree en el determinismo no perderá energía sintiéndose culpable inútilmente.


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Ayúdame que te ayudaré

Ayudar sólo a quien pueda ayudarnos es ayudar a quien merezca nuestra ayuda. Reservemos nuestra ayuda gratuita sólo para quienes no podrían prescindir de ella y sólo hasta que puedan valerse por sí mismos.

En otro artículo (1) les comenté la idea de favorecer el enriquecimiento de los más capaces, entendiendo por «capacidad», no solo la inteligencia de optimizar la productividad y rentabilidad de los recursos que estén bajo su administración, sino también de saber compartir con otros esos buenos resultados.

Los humanos tenemos algunas reacciones raras que podrían ser explicadas razonablemente.

Por ejemplo:

— Existen normas legales que penalizan la omisión de asistencia, esto es, si alguien provoca un daño corporal a otro deliberada o involuntariamente, está obligado a prestarle asistencia.

Asimismo, si alguien encuentra a una persona caída, desvanecida, lastimada, sangrando, o en cualquier otra circunstancia que ella no pueda resolver por sí misma dado su estado, estamos obligados a prestarle asistencia aunque la causa de su desvalimiento sea ajena a nuestra responsabilidad.

Por lo tanto si existen esas leyes es porque los humanos ayudamos o no a un semejante que necesita asistencia, sin la cual su vida corre peligro o la demora en la atención especializada puede dejarle secuelas invalidantes.

— Contamos con un refrán que dice «La filantropía [limosna, caridad] empieza por casa».

Aunque el rango normativo de un refrán es mucho menor al de una ley, también nos está informando que los humanos somos capaces de perjudicarnos aplicando nuestro mayor interés (esfuerzo, responsabilidad, preocupación) a intereses ajenos a los propios.

En suma: Los humanos tanto podemos dejar tirado a un semejante que necesita asistencia como priorizar la atención de necesidad ajenas en desmedro de las necesidades propias o de nuestra familia.

Conclusión: Conviene conocer y atenernos a las variadas y hasta incoherentes actitudes que determinan nuestras acciones.

(1) La política de ayudar a los más capaces

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Determinismo con Plan A y Plan B

Esta es una explicación que procura ejemplificar cómo funcionamos según las leyes naturales más conocidas que inevitablemente nos conducen a pensar que no actuamos voluntariamente sino que «somos actuados» estimulados por múltiples factores también naturales.

Imaginemos que el clima es un ser humano.

Sin que «él» se dé cuenta, el calor del sol aumenta la evaporación de los ríos, lagos y mares.

Esa masa de vapor se acumula en el cielo (siempre sin que «él» tome conciencia, lo verifique, tenga sensaciones que se lo indiquen), hasta que un buen día una corriente de aire frío lo toma por sorpresa, le provoca una alteración por la que «decide» condensar (transformar vapor en líquido) esa cantidad de vapor que había acumulado en las nubes por la evaporación de ríos, lagos y mares, y «toma de decisión» de llover.

El imaginario fenómeno meteorológico, funcionando como un ser humano, es objeto de una cantidad de acontecimientos que «él» desconoce, los cuales incluyen un desenlace, una consecuencia, una reacción (la condensación por la masa de aire frío y la consiguiente lluvia), pero como «él» cree que sus decisiones le pertenecen (cree en el libre albedrío), supone ingenuamente que esa masa de aire frío que condensa el vapor de agua contenido en la nubes, ocurre o no ocurre según «él» lo determine, pero quienes sabemos de meteorología sabemos que inevitablemente el aire frío condensa el vapor de agua (provocando la lluvia).

Si los humanos aceptamos que todo lo que hacemos (acciones y pensamientos) son el resultado inevitable de acontecimientos naturales que están fuera de nuestro control, seguramente nuestro cerebro, diseñado según el determinismo), quedará predispuesto para promover los cambios que le parezcan más favorables (plan A) al mismo tiempo que se aprontará (por si fracasa en mejorar el contexto incómodo), estimulando reacciones adaptativas (plan B).

Artículo vinculado:

La búsqueda de objetivos y el azar

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Un rayo provoca un incendio forestal

Somos «naturaleza» y nuestras acciones u omisiones inevitablemente se rigen por leyes naturales.

Alguien que procure entender la lógica del determinismo, que considera al libre albedrío como una ilusión de la humanidad que algún día será abandonada como lo fue la creencia en que nuestro planeta está en el centro del universo, se preguntará «Entonces, haga lo que haga, ¿nada vale la pena?».

Esta pregunta es desde la postura de quien cree que es libre de hacer lo que le place, que es responsable de sus actos y omisiones, que es culpable o admirable según la valoración social de lo que figure como titular.

Pensemos en algo grande, notorio, trascendente, para que sea más visible.

En un país existe una distribución de la riqueza que genera carencias entre los más pobres, pero que estos igual siguen viviendo, enamorándose, reproduciéndose. Nacieron con esa escasez, saben que tarde o temprano comen, se abrigan, se guarecen de las inclemencias climatéricas.

En ese mismo país, atrincherados detrás de muros inexpugnables, viven unas pocas familias que a veces salen de sus fincas en lujosos automóviles blindados. En su barrio privado tienen lo suficiente para no tener que salir sino excepcionalmente.

Así pasan los años hasta que aparece un joven carismático, inquieto, con capacidad de comunicación y la idea de que ahí algo no está bien.

Estalla una revolución reivindicativa, el barrio privado es tomado por asalto y tiempo después todo vuelve a la normalidad pero con un reparto de la riqueza más equitativo.

Con el libre albedrío decimos que «ganó la revolución», con el determinismo decimos «elementos predisponentes [la injusticia social] encontraron un elemento desencadenante [el líder revolucionario] y se produjo un fenómeno natural. Luego sobrevino la calma en un nuevo escenario».

Análogamente, un rayo provoca un incendio forestal … que ya se apagará.

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La búsqueda de objetivos y el azar

Llamamos triunfadores a quienes lucharon por algo que termina ocurriendo … por causas naturales.

Una vez aceptado que todos somos diferentes, podemos tratar de formar grupos con quienes comparten algunas características.

Les propongo formar dos grupos:

— Algunas personas piensan, sienten, conciben que un adulto es alguien que se vale por sí mismo y que no solamente tiene que autoabastecerse sino que tiene que hacer el esfuerzo suficiente para ayudar a quienes justificadamente no acceden a esas posibilidades: enfermos, niños, ancianos. Esto describe al modelo capitalista.

— Algunas personas piensan, sienten, conciben que un adulto es alguien que si bien podría valerse por sí mismo, debe integrarse a un colectivo donde todos aporten lo más que puedan a una cuenta anónima porque es de todos. De ese tesoro popular, cada uno tomará estrictamente lo que necesite, sin importar cuánto aportó sino cuanto precisa. Esto describe al modelo socialista.

En los países o en la regiones donde uno habita, suele predominar alguna de estas modalidades de convivencia.

Desde el punto de vista individual, cada uno se sentirá bien, regular o mal, según su mayor o menor sintonía con ese entorno.

Y acá aparece el recurrente tema del libre albedrío versus el determinismo.

Las corrientes sociales, políticas, ideológicas, cambian porque ni las montañas son estrictamente siempre iguales.

A veces nos toca en suerte convivir con la filosofía política, social o económica que más nos gusta (es decir con la que mejor se lleva nuestra actual anátomo-fisiología) y otras veces nos toca vivir en un contexto incómodo.

Si bien no podemos evitar reaccionar, luchar y militar para que se instale nuestro «clima» predilecto, no está confirmado que el cambio logrado tenga por causa ese accionar.

Lo cierto es que algo nuevo siempre ocurre y que el nuevo escenario beneficia a quienes ingenuamente llamamos «triunfadores».

Nota: la imagen corresponde al líder de la Revolución Mexicana Emiliano Zapata (1879-1919).


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Los animales no se autodestruyen

El afán de someternos demoniza a nuestro deseo como si éste fuera un peligroso enemigo.

Nuestro razonamiento, individual y colectivo, a veces se hace planteos que estimulan un debate, alguna reflexión, eventualmente un estudio serio.

Por ejemplo:

— «La educación», ¿es un derecho o una obligación?;

— «Votar en las elecciones nacionales», ¿es un derecho o una obligación?;

— «Vengarse», ¿es un derecho o una obligación?

Apuesto a que el último ítem no lo ha oído tantas veces como los dos anteriores.

Supongo que es escasamente comentado porque por otro lado siempre procuramos con responsabilidad —pero también con mucho temor— evitar toda incitación a la violencia.

Los humanos de cualquier edad gozamos tremendamente con la agresividad, con la cancelación definitiva de todo lo que cataloguemos como «malo», nos apasiona el exterminio radical y definitivo de lo que nuestra mente señale como enemigo, riesgoso, perjudicial.

Es tan grande el placer por estas soluciones radicales, que una cantidad muy importante de personas lucha denodadamente por la paz, la comprensión, la tolerancia.

¡No perdí la razón! ¡No estoy loco!

El instinto de conservación es furioso como un terremoto, extremista, totalmente necio pero lo que nos lleva a buscar la paz es el temor al demoníaco deseo.

Fuimos adiestrados, disciplinados, educados para moderar nuestros deseos: nos adoctrinan contra el deseo de robar, de golpear, matar, incendiar, romper y cuando ingresamos en la edad reproductiva (adolescencia y adultez), la sociedad busca la manera de que no practiquemos sexo por temor a una gestación indeseada.

Hasta ahora, los pensadores con más poder de convicción se han esforzado en reprimir nuestro placer, nuestro deseo de gozar porque ellos creen que nuestra especie es capaz de autodestruirse haciendo un mal uso del libre albedrío que posee ... lo cual no es cierto.

Sabemos cuidarnos porque felizmente somos animales.

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Ser rico sólo significa tener salud

Si podemos aceptar la hipótesis de que todo es orgánico y que el espíritu es una ficción, entonces riqueza es simplemente tener buena salud.

Podemos decir que alguien tiene riqueza desde por lo menos dos puntos de vista:

— Posee un patrimonio valuado en más de lo que posee el promedio de los otros ciudadanos;

— Posee un estado de ánimo que lo hace sentirse realizado, conforme, humanamente feliz.

La mayoría de las personas tiene una visión cartesiana de la realidad (1), esto es, cree que el ser humano está compuesto por dos partes: una material (el cuerpo) y otra inmaterial (espíritu).

Creo que esta premisa es falsa y que se sostiene a lo largo de los siglos porque nos conviene, nos gusta, nos permite creer en fuerzas mágicas omnipotentes, es coherente con la creencia en Dios como padre protector infalible que nos salvará de todo mal en tanto no hagamos algo que lo enoje.

Si pudiéramos desprendernos de esta interpretación fantasiosa de la realidad, tendríamos otra visión de qué significa poseer riqueza.

Con esta interpretación no cartesiana de la realidad, rico es quien tiene satisfechos sus necesidades y deseos con la tranquilidad de que sus futuras necesidades y deseos también serán satisfechos.

Esta situación es orgánica y no tiene nada de mágica ni espiritual ni inmaterial. Tiene riqueza quien posee la salud suficiente para seguir viviendo porque su respuesta a los obstáculos es eficiente, adecuada, oportuna.

Si cancelamos la existencia de algo tan poco explicable como son el espíritu, los poderes mágicos y el libre albedrío, podemos acceder a la riqueza de aceptarnos como somos, sin creernos superiores, sin temerles a otros que necesitan perjudicarnos para también sentirse superiores.

En suma: en un máximo de simplificación, ser rico es tener salud física (porque la psiquis también es orgánica).

(1) Matemáticamente, el cuco no existe

Pienso, luego ... sigo pensando

El dogma del dualismo cartesiano

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martes, 7 de junio de 2011

Los autómatas irresponsables

Hace milenios que somos felices administrando una justicia que se inspira en odio, venganza y castigo en vez de comprensión, inteligencia y prevención.

Parto de la base de que no somos libres de actuar como queremos sino que estamos determinados por una enorme cantidad de factores que, actuando todos juntos, nos llevan a ser abogados, alcohólicos, genios del humor, homicidas, madres, artistas, empresarios.

Varias razones prácticas han hecho de la responsabilidad una ilusión creída por la mayoría, en base a la cual nos sentimos animados a juzgar, condenar y castigar a los conciudadanos que por algún motivo nos perjudican.

El determinismo por ahora debilitaría la agresividad de la justicia cuando esta no es otra cosa que un violento deseo de venganza que se presenta bajo las formalidades de serias instituciones que le aportan al salvajismo un decorado de racionalidad, moderación y humanitarismo.

Sin embargo, es posible comprender y sancionar para evitar que un desempeño antisocial vuelva a repetirse.

En otras palabras, si un ciudadano comete un delito como es robar un banco atendiendo a su afán de lucro (enriquecerse en poco tiempo), la justicia inspirada por el determinismo no considera que ese asaltante sea alguien que merece ser castigado, odiado, hostigado.

Por el contrario, la idea es entender que esa persona hizo un negocio suponiendo que las condiciones del mercado eran favorables para realizar tal transacción y salir ganancioso.

La sociedad, inspirada por el determinismo, en vez de vengarse de este ciudadano, lo que tendrá que hacer es modificar las condiciones que hacían beneficioso este tipo de prácticas.

Lo mismo ocurre con otras debilidades del colectivo que favorecen torpemente que algunos ciudadanos, bajo el gobierno de su incontrolable carácter (1), terminan perjudicándonos.

Usted y yo no somos culpables sino autómatas eventualmente perjudiciales cuando la organización social ofrece puntos vulnerables.

(1) El carácter
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La autocuración existe y es impopular

La autocuración existe pero no es rentable para las poderosas industrias de la salud y —peor aún—, nos debilita la deliciosa creencia en que podemos controlar la vida y la muerte.

Seguramente alguna vez utilizó varios métodos simultáneos para resolver un problema de salud.

El resfrío común, la gripe o la tos, nos inducen a poner en práctica las recetas de la abuela, de mamá, del jefe, de la compañerita más sexy, del compañero al que resulta más fácil decirle a todo que sí y del ocasional vecino de asiento en el colectivo porque, histérico al imaginarse invadido por millones de virus que lo sacarán de circulación por una semana, no sabe dónde meterse cada vez que usted estornuda, tose o se limpia la nariz ruidosamente.

Al final de esos siete o diez días de inflamación, decaimiento, que todo nos molesta, vuelve la salud. Casi la misma que teníamos antes de comenzar con los malestares.

El balance general nos termina confirmando que no sabemos qué fue lo que nos curó.

Existe una hipótesis muy probable pero que en general es descartada de plano. Según esta si no hubiéramos hecho nada nos habríamos curado en el mismo plazo y quizá también algunos días antes.

Hay dos poderosas razones para que no podamos imaginar que la autocuración existe.

1º) La industria farmacéutica, que integra el grupo de las tres más poderosas económicamente (las otras dos son la industria petrolera y la fabricación de armas).

2º) Sólo unas pocas tribus en vías de extinción confían en el poder casi mágico de nuestro sistema inmunógeno, capaz de curar desde un resfrío a un cáncer.

La necesidad de imaginarnos capaces de controlar nuestra vida (libre albedrío) nos condena a realizar miles de maniobras que entorpecen la solución que ya existe: la autocuración natural.

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El carácter

El carácter es el resultado de varias fuerzas que nos gobiernan desde adentro (inconsciente) y desde afuera (cosmos, sociedad, cultura). Por esos «somos como somos».

El inconsciente es un yacimiento energético que nos gobierna, junto con los factores externos y los biológicos que nos toquen en suerte.

En el inconsciente laten los instintos de nuestra especie y que la cultura no tolera, los deseos reprimidos aunque jamás anulados, las preferencias más profundas.

Esos componentes son semejantes entre los distintos individuos, pero no iguales en fuerza, importancia, insistencia.

El carácter está determinado por la combinación personal de esas fuerzas inconsciente que nos gobiernan.

Todos tenemos alguna idea de cómo es nuestro carácter, pero lo que conocemos de él es la parte superficial, las manifestaciones evidentes, pero no su integración.

Sabemos que tenemos paciencia, que somos rencorosos, vengativos, que por las buenas entregamos todo, que preferimos rendir los exámenes usando siempre el mismo corpiño, que Dios nos protege en forma personalizada, que hemos encontrado el verdadero sentido a la vida propia, que nos irrita tener que pedir las cosas dos veces y miles de etcéteras más.

Pero por qué y cómo ocurren estas reacciones que nos caracterizan sólo cuenta con respuestas conjeturales, por aproximación, hipotéticas.

Parecería que el carácter está bastante condicionado por cómo nos va en tres etapas de nuestra vida placentera.

Comenzamos gozando de la vida comiendo y bebiendo (placer oral), luego éste placer cede algo de terreno al placer anal, de retener y evacuar nuestras heces y finalmente, algo de placer se instala en nuestros órganos genitales.

Los adultos gozamos comiendo, defecando o fornicando literalmente, pero sobre todo gozamos con actividades afines, simbólicas, representantes de esas actividades. Por ejemplo, comemos con los ojos (miramos), o retenemos dinero (ahorramos), o producimos (nos reproducimos con la actividad genital).

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