martes, 7 de junio de 2011

La autocuración existe y es impopular

La autocuración existe pero no es rentable para las poderosas industrias de la salud y —peor aún—, nos debilita la deliciosa creencia en que podemos controlar la vida y la muerte.

Seguramente alguna vez utilizó varios métodos simultáneos para resolver un problema de salud.

El resfrío común, la gripe o la tos, nos inducen a poner en práctica las recetas de la abuela, de mamá, del jefe, de la compañerita más sexy, del compañero al que resulta más fácil decirle a todo que sí y del ocasional vecino de asiento en el colectivo porque, histérico al imaginarse invadido por millones de virus que lo sacarán de circulación por una semana, no sabe dónde meterse cada vez que usted estornuda, tose o se limpia la nariz ruidosamente.

Al final de esos siete o diez días de inflamación, decaimiento, que todo nos molesta, vuelve la salud. Casi la misma que teníamos antes de comenzar con los malestares.

El balance general nos termina confirmando que no sabemos qué fue lo que nos curó.

Existe una hipótesis muy probable pero que en general es descartada de plano. Según esta si no hubiéramos hecho nada nos habríamos curado en el mismo plazo y quizá también algunos días antes.

Hay dos poderosas razones para que no podamos imaginar que la autocuración existe.

1º) La industria farmacéutica, que integra el grupo de las tres más poderosas económicamente (las otras dos son la industria petrolera y la fabricación de armas).

2º) Sólo unas pocas tribus en vías de extinción confían en el poder casi mágico de nuestro sistema inmunógeno, capaz de curar desde un resfrío a un cáncer.

La necesidad de imaginarnos capaces de controlar nuestra vida (libre albedrío) nos condena a realizar miles de maniobras que entorpecen la solución que ya existe: la autocuración natural.

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