domingo, 2 de marzo de 2014

El realismo de la realeza del rey

VIDEOcomentario

Propongo una hipótesis según la cual, la pobreza está fuertemente vinculada a la pérdida de realidad, al excesivo idealismo y a la delirante espiritualidad.

Imaginemos un gran palacio, rodeado de muros muy elevados, como los que tienen las cárceles, pero destinados a que nadie entre, en vez de estar destinados, como en las cárceles, a evitar que alguien salga.

De más está decir que esta situación ocurre así porque dentro del palacio todos viven mejor que afuera de los muros, mientras que dentro de la cárcel todos viven peor que adentro de los muros.

Uno de los sentimientos que impulsa ingresar o egresar, según los casos mencionados, es la envidia. Los que están afuera del palacio envidian a los que están adentro y quieren entrar, mientras que los que están adentro de la cárcel envidian a los que están afuera y quiere fugarse.

Como toda regla general, existen excepciones: algunos que lograron ser aceptados para vivir en el palacio finalmente desistieron y prefirieron volver a vivir con el pueblo, así como algunos que lograron pagar la deuda con la sociedad y fueron aceptados por esta en calidad de ex-convictos, luego reincidieron en la actividad delictiva e ingresaron nuevamente a la cárcel.

Si logramos comunicarnos en este planteo, casi gráfico, del palacio y la cárcel, pasaré a compartir un comentario para que usted lo juzgue con su criterio personal.

En el palacio vive un rey con su corte, compuesta por familiares, colaboradores, auxiliares, artistas, asesores y algunos inútiles pero simpáticos.

Todo lo que concierna al rey merece el nombre de «realeza» y decimos que algo es «real» cuando proviene del rey.

«Realeza» y «realidad» significan cosas muy similares. Quizá, en su origen, los hispanoparlantes quisieron creer que las ideas del rey siempre eran buenas porque estaban inspiradas en la realidad.

Es posible pensar que en ese mundo inconsciente que nos gobierna, tan determinado por fenómenos lingüísticos, (como son el significado de las palabras, pero también por su etimología y hasta por las proximidades fonéticas), hayamos intuidos que la riqueza, el confort, el bienestar, la calidad de vida, están del lado de la realidad, mientras que la pobreza, la incomodidad y demás inconvenientes derivados de la escasez de recursos materiales, están fuera del castillo, alejados de la realeza y de la realidad.

En suma: es probable que la pobreza sea un fenómeno vinculado con el idealismo, con el alejamiento de la realidad material.

Es probable también, que los clérigos de más alto rango se alojen dentro del palacio porque a esa investidura la lograron asumiendo más realismo que los sacerdotes más idealistas.

(Este es el Artículo Nº 2.127)


Socialismo, capitalismo y envidia


El socialismo y el capitalismo son estilos de organización social determinados por la administración de la envidia que todos sentimos, lo aceptemos o no.

Cuando pensamos en organizar la sociedad (el colectivo en el que vivimos), tenemos dos opciones:

1) Desarrollamos un Estado que acumule, guarde y administre la mayor cantidad de la riqueza que todos producimos (socialismo); o

2) Dejamos que los ciudadanos tengan la libertad de acumular la cantidad de dinero que sean capaces (capitalismo).

Puesto que ambas opciones tienen aspectos positivos y negativos, difícilmente encontremos colectivos que hayan elegido uno solo con exclusión del otro (Cuba y Corea del Norte funcionan con regímenes exclusivamente socialistas). Salvo estas dos raras excepciones, los pueblos optan por una organización básicamente socialista con rasgos capitalistas (China, Brasil, Argentina) o una organización básicamente capitalista con rasgos socialistas (Estados Unidos, Francia, Inglaterra).

Comentaré un inconveniente y una virtud de uno y otro sistema de organización, considerando que la envidia es un sentimiento universal que nos influye individual y colectivamente, pero cuya existencia solo aceptamos en los demás y difícilmente en nosotros mismos.

Socialismo:

Virtud: Los ciudadanos envidiosos (la mayoría absoluta), no sufren pensando que un ciudadano de carne y hueso como ellos posee una gran fortuna. Los envidiosos jamás envidiarían la riqueza del Estado, solo envidian a personas como ellos mismos;

Defecto: Las personas de carne y hueso que administran la fortuna del pueblo, no la cuidan, tratan de apropiarse de ella (robarla) o la despilfarran pues no les costó crearla. Otros fueron quienes trabajaron, produjeron y ahorraron.

Capitalismo:

Virtud: Los ciudadanos envidiosos tienen la oportunidad de calmar su mortificación procurando obtener mediante su esfuerzo aquello que otros tienen y ellos desearían tener. La envidia en el capitalismo es un factor estimulante de la producción, de la competencia, del crecimiento tecnológico y de la prosperidad. Sus fortunas son administradas con gran celo, no hay despilfarros y las fuentes de trabajo que crean (con fines de lucro) están administradas tratando de estimular la máxima productividad de los recursos;

Defecto: Siempre está presente el peligro de que algunos agentes económicos abusen de su poder económico explotando desconsideradamente a los trabajadores. El individualismo, la mezquindad y el afán de lucro crean sociedades donde los menos favorecidos (niños, ancianos, enfermos) corren serios riesgos de perecer.

(Este es el Artículo Nº 2.117)


La economía es una ciencia estomacal

Los desocupados colaboran, sin darse cuenta, en controlar la inflación.

Podría decir que «La indiferencia es rentable», si fuera capaz de fundamentarlo.

Podría decir que «La necesidad nos quita fuerza negociadora», si fuera capaz de fundamentarlo.

Veamos un ejemplo de cada caso:

— Si comprar o no comprar un cierto objeto me da lo mismo, (indiferencia), no estaré dispuesto a hacer cualquier esfuerzo con tal de tenerlo. Lo obtendré solo en el caso de que sea muy barato o en el caso de que me lo regalen.

— Si estoy desesperado por tener un cierto objeto (necesidad), quizá esté dispuesto a pagarlo más caro de lo que vale.

Desde hace varios siglos, los economistas no han logrado disminuir la pobreza pero saben colaborar con ella cuando sugieren que para evitar la inflación es necesario que haya trabajadores desocupados.

¿Cómo funciona esto?

Si no es fácil conseguir trabajo los desocupados serán personas que bajen sus pretensiones de ganar mucho dinero porque, como dije más arriba, «La necesidad nos quita fuerza negociadora».

Por el contrario, si el índice de desocupación es muy bajo, son los empresarios quienes padecerán la necesidad de trabajadores y, por lo tanto, serán los empresarios quienes padecerán «La necesidad que les quita fuerza negociadora». Como los empresarios no pueden producir si no obtienen ganancias, habrá un fenómeno inflacionario porque los costos de los empresarios serán mayores al tener que pagar salarios más elevados.

La indiferencia equivale a la saciedad y la necesidad equivale al hambre.

Si los empresarios ofrecen puestos de trabajo muy codiciados por muchos desocupados, se sentirán como reyes, pero si necesitan trabajadores y no los encuentran, esos mismos reyes se sentirán como pordioseros.

El hambre y la saciedad determinan todos los fenómenos de la economía. El órgano rector de esta ciencia no es el cerebro sino el estómago.

(Este es el Artículo Nº 2.114)


Libre albedrío, salud y carácter dominante


Quienes creen en el libre albedrío también entienden que la vida en los humanos no es tan automática como es la vida del resto de los seres vivos. Suponen que deben controlarse y, eventualmente, suponen que deben controlar a los demás.

El libre albedrío es la postura filosófica según la cual los humanos podemos tomar decisiones auténticas, sin ser influenciados por ninguna otra cosa que no sea la propia inteligencia o la voluntad.

Esta postura filosófica se contrapone al determinismo, según el cual los humanos NO podemos tomar decisiones auténticas, sino que es la Naturaleza la que nos hace actuar, como también hace actuar a cualquier otro elemento, con o sin vida: un árbol, una hoja en el viento, un terremoto.

Quienes creen en el libre albedrío son mayoría absoluta. Muy pocos creemos en el determinismo.

Según esa corriente de máxima aceptación, al descreer en los dictados de la Naturaleza, a la vez que creen en la capacidad del ser humano de gobernar su propia vida, consideran que la existencia debe ser gestionada, gerenciada, dirigida, trabajada por cada uno de nosotros. Creen que para vivir hay que pensar cómo vivir, qué hacer, qué comer, qué movimientos realizar, cómo controlarnos hasta en los más mínimos detalles. Esta mayoría cree que nuestro cuerpo es como una máquina, que requiere observación, análisis, mantenimiento, vigilancia, máximo control.

Todo esto, según los deterministas, es un error porque ningún otro animal, de anatomía similar o no similar a la humana, toma tantos cuidados o intenta ejercer tanto control y, sin embargo, vive normalmente.

Quienes creen en el libre albedrío realizan una serie de acciones cuando sienten algún dolor: toman un calmante, consultan Internet, consultan a un médico, ingieren ciertas sustancias químicas supuestamente tonificantes, preventivas, enriquecedoras.

Con esa actitud, según creo y les propongo pensar, prácticamente anulan los procesos de auto-sanación propios de cualquier organismo vivo. No solo interrumpen el proceso auto-curativo sino que, en el mediano plazo, esa actitud continua atrofia los mecanismos naturales de auto-curación. Por este motivo, luego de haber logrado esa atrofia, pasan a ser personas totalmente dependientes de la medicina.

Es normal, entre quienes creen en el libre albedrío, la fantasía según la cual la salud es un tema de negociación con el médico, de manera similar a que es realmente negocial cuando concurren al mecánico y este propone algunas opciones (comprar un repuesto original o uno adaptable, reparar el actual, hacer alguna modificación general).

En suma: quienes creen en el libre albedrío son personas que se imaginan capaces de controlar sus vidas, y, como son coherentes, también se imaginan capaces de dirigir la vida de otras personas (familiares, amigos, conocidos).

(Este es el Artículo Nº 2.152)


domingo, 26 de enero de 2014

El suicidio involuntario


Desde el punto de vista del determinismo, los suicidas no deciden matarse sino que padecen una enfermedad terminal.

Un suicidio es algo que nos perturba fuertemente. Les comentaré algo que, como en casi todos mis artículos, no he visto en otros sitios, revistas o libros. Les comentaré mi punto de vista, tan verdadero como cualquier otro, en el entendido de que se trata de un fenómeno casi totalmente desconocido.

Según creo, el suicidio no es un acto voluntario sino el desenlace fatal de una enfermedad terminal, cuya muerte está provocada por el propio enfermo, como ocurre con todos los fallecimientos no accidentales.

En otras palabras: los homicidios, los naufragios, los terremotos, los accidentes de aviación, son causas externas por las que perdemos la vida. Las enfermedades terminales se caracterizan porque el deterioro orgánico es progresivo hasta que el fenómeno vida se torna imposible y el paciente fallece.

En esta última categoría deberíamos incluir la autoeliminación. Dado que la mayoría de la población mundial cree en el libre albedrío y no cree en el determinismo, no tiene otra opción que considerar que ese último gesto del suicida también es voluntario, también está ejecutado en uso de su libre albedrío y no se admite que es la consecuencia de un deterioro orgánico progresivo.

Por lo tanto, si aceptamos que ninguno de nuestros actos es voluntario sino que, por el contrario, todo lo hacemos influidos por variados y (en su mayoría) desconocidos factores influyentes,

— ni viajamos porque queremos sino porque algo de nuestra vida nos indujo a viajar;

— ni estamos vivos porque hemos decidido nacer, comer, abrigarnos, sino porque algo de nuestra existencia nos indujo a satisfacer nuestras necesidades básicas; 

— ni el suicida se mata porque así lo decidió.

Asimismo, los intentos de suicidio son comparables a infartos o a crisis asmáticas.

(Este es el Artículo Nº 2.108)


La prohibición del incesto es excepcional


La prohibición del incesto es una excepción a la regla de que las prohibiciones son contraproducentes.

En otro artículo (1) les comentaba que la violencia es tan barata como ineficiente.

Hoy agrego: es ineficiente para lograr los objetivos que directamente parece proponerse pero es muy eficiente para generar los fenómenos opuestos.

Ocurre lo siguiente:

Los seres humanos queremos tener libre albedrío para sentirnos poderosos, no para sentirnos responsables y sobre todo para sentirnos diferentes de los demás seres vivos sobre quienes queremos o necesitamos sentirnos superiores.

Con esta fantasía universal en nuestras mentes estamos durante siglos utilizando la violencia para torcer los designios de la naturaleza hasta que, pasados algunos milenios fracasando, nos preguntamos: ¿Será inteligente seguir utilizando la violencia para evitar que ocurra lo que nos molesta?

Sueño con que tendré vida para ver alguno de esos cambios hacia la persuasión, la educación, la conveniencia, con abandono progresivo de la represión, las amenazas, los castigos.

Esta distorsión mística en mi cerebro racional está alentada porque la informática realmente puede lograr sistemas de organización y administración de la convivencia que estén adaptados a lo que somos en realidad y no como hasta ahora que aplicamos la violencia para que sean los seres humanos quienes nos adaptemos por la fuerza a los sistemas como si fueran perfectos

Todo haría pensar que si quitamos la prohibición de abortar en condiciones civilizadas a quienes deseen hacerlo, la cantidad de embarazos no deseados disminuirá, la cantidad de abortos también y la muerte de mujeres disminuirá.

Todo haría indicar que, si quitamos la prohibición de la venta y consumo de sustancias psicoactivas (cocaína, marihuana, anfetaminas), la demencial corrupción que genera el narcotráfico disminuirá.

La abundante población mundial indica que la prohibición del incesto es de las pocas prohibiciones que resultan sanamente estimulante.


(Este es el Artículo Nº 2.105)


martes, 3 de diciembre de 2013

El coito heterosexual tal cual es


El acto heterosexual está pleno de desentendimientos, a pesar de la aparente complementariedad. El posible embarazo determina una diferencia radical.

La siguiente puede ser una descripción correcta de cómo los varones y las mujeres nos unimos, nos fecundamos y, al reproducirnos, cumplimos la única misión (1) que tenemos: conservar la especie.

Siempre vivimos en sociedad porque somos animales gregarios. Casi toda la población mundial vive en comunidades integradas por hombres y mujeres.

Cuando una entra en celo, como cualquier otro mamífero, tratará de ser fecundada por algún varón al que ya conoce, con el que ha tenido algún vínculo afectivo, porque gusta de él y, casi inevitablemente, él siempre se aproxima a la mujer que lo convoca amorosamente, mirándolo, hablándole, demostrándole que lo admira, lo desea, es feliz en su compañía, desearía verlo a menudo.

Estas son las señales inequívocas de que la mujer ha elegido al padre de sus hijos.

Cuando ella se siente en condiciones de ser fecundada hará ciertas maniobras instintivas para que él tenga una inflamación en el pene y desee desinflamarlo mediante caricias que ella practicará con sus manos, con la boca o con la vagina. Solo estas últimas lograrán la desinflamación propiciando el embarazo.

Todos estos movimientos y acciones son meramente anátomo-fisiológicos. Sin embargo, el cerebro de los participantes segregará abundantes fantasías y pensamientos, antes, durante y después del coito.

La intensidad y densidad de estas fantasías hacen que el fenómeno orgánico, (único realmente necesario para la conservación de la especie), pase a un segundo plano.

Dado que una y otro poseen funciones muy diferentes (una gesta y el otro solo fecunda), dichas fantasías son radicalmente diferentes. La expectativa de quedar embarazada le impone un elevado compromiso. Por esto ellas le asignan al coito una dimensión fantástica mucho mayor al que el varón podría imaginar.


(Este es el Artículo Nº 2.082)