domingo, 4 de noviembre de 2012

Promesas y amenazas



   
Un chantaje emocional (amenaza de renuncia, de suicidio), es efectivo si la víctima cree que el chantajista controla sus actos.

La creencia en el determinismo (es decir, que no tenemos libertad para hacer lo que queramos sino que siempre estamos determinados por factores conocidos y desconocidos), quizá no sea verdadera pero lo cierto es que resuelve algunos problemas intelectuales.

Por ejemplo, cuando pensamos que alguien está equivocado, lo que en realidad estamos diciendo, (desde el punto de vista de los deterministas), es que está determinado por factores diferentes a los de la mayoría.

Esos factores pueden ser genéticos, históricos, orgánicos, familiares, económicos, religiosos.

Los deterministas nunca pensamos en equivocaciones y muchos menos en culpabilidades. En todo caso, cuando alguien tiene una conducta que lo conduce a una pérdida, solo podríamos decir que tuvo mala suerte.

Los deterministas entendemos que el azar, —la combinación aleatoria de todos los factores que influyen sobre nuestro acontecer—, se ordenó de tal forma que ocurrió una pérdida de la cual no existen responsables para culpabilizar, así como podría haberse ordenado para que la consecuencia fuera afortunada, de la cual no existen responsables para felicitar.

Desde este punto de vista, nadie es responsable (culpable o creador) de lo que le ocurre, sin perjuicio de lo cual, por ahora tenemos que suponer que el titular de un daño que perjudica a terceros debe hacerse cargo de indemnizarlos, COMO SI FUERA CULPABLE.

En esta lógica, alguien puede sentir, —y hasta tener la certeza—, de que su presencia es imprescindible para los demás. Algo así le ocurre a quien pretende imponer su voluntad con amenazas de renunciar, irse, abandonar y hasta de suicidarse.

En suma: Un chantaje emocional (amenaza de renuncia, de abandono, de suicidio), es efectivo si la víctima cree que el chantajista controla sus actos.

Artículo de temática similar

 
(Este es el Artículo Nº 1.706)

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La agresiva frustración juvenil



 
 
Las manifestaciones agresivas de los jóvenes contra los adultos, no son nada personal sino fenómenos naturales adversos transitorios.

Para todos es difícil ganar dinero en relación de dependencia porque nuestro empleador nos pedirá esfuerzos molestos, irritantes, definitivamente dolorosos.

Soportar pacientemente estas demandas justifica parte de la remuneración que recibimos.

Por supuesto que la paga también está justificada porque le entregamos al patrón algún bien, servicio o trabajo que para él son valiosos, útiles, necesarios.

El empleado que trabaja a regañadientes siente que soporta todos los malestares porque le pagan y no asocia con tanta nitidez la producción que está entregando. Le molestan más las imposiciones disciplinarias, (horarios, procedimientos, obediencia), que el esfuerzo físico del que rápidamente se recupera con unas pocas horas de sueño, mientras que la dignidad herida parece no cicatrizar nunca.

Los hogares de los jóvenes son un poco parecidos a su lugar de trabajo cuando los padres tienen la paciencia de pedirles colaboración (tender la cama, higienizar el dormitorio, hacer compras).

El natural malhumor de los adolescentes se exacerba por este tipo de malestares: tener que cumplir órdenes, hacer lo que otros le mandan, cansarse en beneficio ajeno.

Los jóvenes carecen de un buen desarrollo lingüístico y por ese motivo no tienen otro remedio que aliviar su frustración mediante actos físicos más o menos destructivos.

Los jóvenes también carecen de autocrítica y conservan un narcisismo mal controlado dada la escasa maduración de su personalidad.

Tanto en la casa como en su empleo suelen exhibir su malestar con actitudes que expresan una fuerte recriminación a quienes, según él, son los agresores, los causantes, los culpables de tanto sufrimiento.

En general estas conductas son inevitables, duran un tiempo pero finalmente se apaciguan. Padres y empleadores necesitan desplegar su paciencia, pues no son nada personal sino fenómenos naturales adversos transitorios.

Otras menciones del concepto «fenómenos naturales»:

             
(Este es el Artículo Nº 1.700)

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La propaganda atemorizante de la medicina



   
Aunque estamos dotados de un organismo vivo auto-regulado, superior a cualquier sistema cibernético conocido, ¿quién desoye la propaganda atemorizante de la medicina?

Para muchas personas vivir es una actividad mientras que para otras vivir es una contingencia, algo que ocurre por el acontecer de ciertas causas sobre las que poco o nada podemos influir.

La economía de mercado defiende, por razones de «vida o muerte»,  la primera interpretación de la realidad: «vivir es una actividad» de la cual somos responsables.

Las razones dramáticas de la economía devienen de que el consumismo depende de que los humanos estemos convencidos del libre albedrío y de que además estemos convencidos de que, actuando con inteligencia, sabiduría y perseverancia, las enfermedades y los malestares son evitables.

La economía de mercado nos dice que debemos mantenernos en estado de alerta permanente.

Los médicos son los principales agentes económicos de esta filosofía consumista en el rubro «salud».

Ellos nos sugieren que los consultemos al menor indicio. De esta forma nos aseguran que casi nada pasará a mayores porque, agregan, la eficacia curativa dependen en gran medida de la atención precoz, mientras que los fracasos terapéuticos se asocian al descuido, la desatención y la irresponsabilidad de los pacientes.

Como decía al principio, «vivir es una actividad». Según este punto de vista, vivir es algo que tenemos que hacer y si lo hacemos mal pagaremos las consecuencias con una muerte prematura o, en el peor de los casos, con algún deterioro orgánico irreversible que descienda dramáticamente nuestra calidad de vida.

También es posible pensar que el descenso de la calidad de vida está asegurado si creemos que la vida es una tarea.

Aunque estamos dotados de un organismo vivo auto-regulado, superior a cualquier sistema cibernético (1) conocido, ¿quién se anima a desoír la propaganda atemorizante de la medicina?

 
(Este es el Artículo Nº 1.709)

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martes, 2 de octubre de 2012

Las demandas de amor



   
Nuestras sociedades tienden a ser tristes, quejosas y lloronas porque una mayoría procura llamar la atención exhibiéndose dolorosamente necesitada.

Quienes creemos en el determinismo suponemos que nada está bajo nuestro control sino que, por el contrario, todo ocurre sin nuestra intervención aunque subjetivamente imaginamos que las acciones que no podemos evitar fueron en realidad decididas por nosotros.

Estadísticamente podríamos decir que nueve de cada diez personas no creen en el determinismo porque suponen ser dueñas de hacer lo que quieren.

Estas nueve personas que se creen dueñas de hacer lo que quieren tendrán que estar de acuerdo conmigo en:

— que es harto difícil quedarse impávido ante el llanto de un niño; en

— que es bastante difícil quedarse impávido ante el llanto de un adulto enfermo, caído o herido; y en

— que no resulta fácil quedarse impávido ante el llanto de un adulto que aparentemente no está ni enfermo ni accidentado.

Otro punto de contacto entre quienes creen en el libre albedrío y los deterministas es el que refiere a que todos necesitamos ser amados o muy amados. Nuestras acciones están bastante determinadas por nuestra incansable e insaciable búsqueda de amor, afecto, comprensión, compañía, caricias, miradas.

Las miradas son nuestra demanda permanente y universal más modesta, menos pretenciosa, más humilde: menos que ser mirados (o escuchados) no podemos pedir.

Según estos antecedentes podemos comenzar a pensar que, tanto para los deterministas como para los creyentes en el libre albedrío, la alegría, el bienestar, la serenidad, son estados que nos exponen a no ser objeto de las manifestaciones de amor, afecto, comprensión, compañía, caricias y miradas que tanto necesitamos.

Según estos antecedentes podemos concluir pensando que nuestras sociedades tienden a ser tristes, quejosas y lloronas porque una mayoría trabaja  permanentemente para llamar la atención de los demás exhibiéndose dolorosamente necesitada.

Otras menciones del concepto «necesitamos ser amados»:

               
(Este es el Artículo No. 1695)

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El suicidio como enfermedad terminal




 
El determinismo nos permite suponer que no hacemos nuestra voluntad y que un suicida hace lo que no podría evitar.

El suicidio es muy angustiante para quienes queríamos al suicida y más penoso aún si suponemos que él nos quería.

Si contábamos con ese amor, constituye una fuerte desilusión entender que en realidad tanto no nos quería porque de habernos amado como imaginábamos, ¿cómo puede ser que se haya privado de nuestra compañía, amistad, existencia?

Por el contrario, cuando alguien muere por causas ajenas a su voluntad, sentimos un dolor más puro, menos suspicaz y hasta veneramos con mayor intensidad a quien la muerte lo apartó de nuestro lado, seguramente muy a pesar suyo, él quería quedarse para seguir amándonos pero un triste accidente lo privó de nuestra existencia.

En muchos casos tenemos que hacer un esfuerzo especial para no condenar abiertamente a quien se quita la vida. Es tan grande el esfuerzo que ya mucha gente, cuando habla con los deudos del fallecido, se anima a indagar si tiene sentimientos positivos o negativos hacia él.

Todos estos fenómenos ocurren porque popularmente creemos en el libre albedrío y no creemos en el determinismo.

Efectivamente, la ciencia, que tampoco puede abandonar su creencia en el libre albedrío, se queda con la explicación de que el suicida es una persona que cometió un acto voluntario y responsable. Con la premisa del libre albedrío es posible suponer que el suicida es en realidad en condenable homicida, por más que la víctima de su crimen haya sido él mismo.

Quienes descreemos del libre albedrío estamos mejor posicionados para suponer que los suicidas son personas afectadas por una enfermedad terminal, tan efectiva como cualquier otra.

El determinismo nos permite suponer que no hacemos nuestra voluntad y que un suicida hace lo que no podría evitar.

(Este es el Artículo Nº 1.691)

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