lunes, 3 de septiembre de 2012

La influencia de lo «normal»



 
La palabra «normal» surge de un consenso antojadizo, conservador y autoritario. Puede influirnos o no.

Decimos que algo es «normal» cuando, «por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano».

Hasta cierto punto nos estamos haciendo trampa cuando fijamos de antemano normas pretenciosas, ambiciosas, idealistas, caprichosas, autoritarias.

Por ejemplo: si usted y yo vivimos en una isla desierta y nos ponemos de acuerdo en que el clima ideal para ese lugar es «nublado pero sin lluvia», cada vez que se cumpla esa condición que caprichosamente hemos determinado usted y yo, «tendremos un clima normal».

Cuando la cantidad de personas afectadas por los criterios de «normalidad» aumenta, las consecuencias de ese vocablo aumentan.

¿Qué ocurre cuando por el motivo que sea, se nos ocurre pensar que lo «normal» es que los varones pacten con las mujeres, en grupos de a dos, una convivencia que recién finalice cuando fallezca uno de los dos?

Quienes acepten esa forma de «normalidad», estarán sometidos inevitablemente a buscar que eso ocurra y se verán dolorosamente frustrados cuando tengan que divorciarse antes de enviudar.

La incapacidad para criticar las «normas» de convivencia nos expone a recibir los beneficios de integrar un rebaño y los perjuicios de hacer lo que nuestra naturaleza no admite.

Dicho de otro modo: si alguien opta por cumplir estrictamente las tradiciones del colectivo al que pertenece, sabe que contará con la aprobación y protección de los líderes conservadores de esa cultura y sabe que contará con la reprobación y ataque de los líderes liberales (no conservadores) de esa cultura.

Cada uno se volcará hacia donde se sienta más cómodo y menos incómodo, o sea, con más ventajas y menos desventajas.

En suma: La palabra «normal» surge de un consenso antojadizo, conservador y autoritario. Puede influirnos o no.

(Este es el Artículo Nº 1.658)

La intolerancia necesaria




Los «nuestros» nos aceptarán si no dudan de nuestra fidelidad, para lo cual siempre es útil demostrar la mayor intolerancia hacia «ellos».

Desde pequeños sabemos qué significa ser «traidor» (1), es decir, alguien «que es más perjudicial de lo que parece».

Nuestro instinto de conservación observa con detenimiento a todo aquel que podría ser tipificado como «traidor».

Desde muy temprana edad el cerebro logra dividir la humanidad en dos grandes sectores a los que denomina muy genéricamente «nosotros» y «ellos».

Alguien se convierte en potencial «traidor» cuando no sabemos si pertenece a «nosotros» o a «ellos». Alguien es «traidor» cuando determinamos que es uno de «ellos» que intenta hacerse pasar por uno de «nosotros». También es «traidor» aquel que perteneció a «nosotros» y ahora lo vemos como uno de «ellos».

La xenofobia («Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros») (2) depende de una drástica delimitación entre «nosotros» y «ellos».

Los «traidores» siempre provocan fobia, rechazo, hostilidad porque nuestro instinto parece diseñado para tomar distancia de los que son diferentes: aspecto físico, cultura, idioma.

Es posible suponer que nuestra notoria debilidad está ligeramente compensada por esta reactividad exagerada, con la que repelemos a cualquiera que no se parezca físicamente (aspecto, voz, olor) a nuestra madre. Luego aceptaremos a quienes se parezcan a nuestros familiares inmediatos, más tarde a quienes viven cerca, a los compañeros de juegos y de estudio,  a los compañeros de trabajo.

La nitidez que tengan los dos grupos («nosotros» y «ellos»), es imprescindible para nuestra tranquilidad, estado de ánimo, productividad.

Colaboramos con «nosotros» y competimos contra «ellos». La fortaleza de los vínculos con los «nuestros» depende de cuan claras sean nuestras actitudes hacia «ellos». Los «nuestros» nos aceptarán si no dudan de nuestra fidelidad, para lo cual siempre es útil demostrar la mayor intolerancia hacia «ellos». ¡Lamentablemente, es así!

   
(Este es el Artículo Nº 1.636)

La pobreza patológica y la delincuencia



 
La pobreza patológica existe porque somos vulnerables a la miseria que nos muestre un semejante para que lo ayudemos.

La pobreza patológica ocurre siempre en las clases socio-económicas más bajas, porque la condición patológica está dada por los costos que de esa condición recaen sobre otros ciudadanos.

Alguien puede vivir con la escasez o abundancia que prefiera, pero si lo hace a costa de alguna molestia injusta sobre otras personas, entonces el síntoma doloroso será lo que tipifica su condición de «enfermedad».

En general, entendemos que una enfermedad es aquella donde tenemos un aquejado que padece un malestar. El sufrimiento indeseado del enfermo es lo que lo anima a trabajar para curarse y es en esa tarea que el enfermo realiza, donde eventualmente podemos colaborar si él nos lo pide y nosotros estamos en condiciones de ayudarlo.

La sensibilidad de los humanos tiene algunas características determinantes para que, esas personas de bajos recursos, impongan, exijan, extraigan alguna colaboración del resto de la sociedad.

Esta exigencia es casi delictiva en tanto los pobres patológicos chantajean, extorsionan, coaccionan, para obtener los recursos que necesitan.

Por ejemplo: una característica humana que no podemos soslayar, es sentir daño moral, tristeza profunda, dolor en el alma, cuando vemos a niños desabrigados, sucios, hambrientos.

Esta mortificación es similar a la que sufrimos cuando alguien nos pincha con un puñal, nos amenaza con un revólver, nos tuerce un brazo con una llave de judo.

Por lo tanto, si alguien nos amenaza  con un arma para quitarnos dinero o nos muestra la miseria de sus hijos, nos extorsiona de una forma similar a si nos raptan a un ser querido y luego nos chantajean pidiendo un rescate.

En suma: la pobreza patológica existe porque somos vulnerables a la miseria que nos muestre un semejante para que lo ayudemos.

(Este es el Artículo Nº 1.633)

Son buenos solo quienes triunfan



 
En la niñez solemos gestar una noción sobre cómo se comportan los fuertes (adultos) con los débiles (niños).

Observemos la siguiente genealogía de acontecimientos: un niño (de 5 a 10 años de edad), está harto de que los adultos le den órdenes y le prohíban satisfacciones, aunque simultáneamente ellos se las conceden. Por ejemplo: no le permiten jugar con el Play-Station a medianoche, pero ellos sí se divierten de lo lindo junto a sus amigos.

La lista de injusticias infames, flagrantes, evidentes y hasta perversas, parece no tener fin. El niño se siente en el peor de los mundos, siente que vive en una tiranía odiosa. Su fantasía supera la imaginación de los grandes luchadores: Lincoln, Guevara, Hitler, es decir, personas que no estuvieron de acuerdo con lo que les tocaba vivir y por eso imaginaron «un mundo mejor».

La única gran diferencia entre nuestro niño y los mencionados ideólogos, está en que estos llevaron a la práctica el fin de la esclavitud, el derrocamiento de un gobierno corrupto y el intento de mejorar la especie, respectivamente.

Todos creyeron tener razón y, en ese sentido, fueron honestos. La historia les fue concediendo los reconocimientos en cada caso, según qué suerte tuvieron, pues quienes ganaron están cubiertos de gloria y quienes perdieron están cubiertos de oprobio.

La gloria y el oprobio determinan qué pensaremos la mayoría, de sus acciones. Ellos son nuestros referentes de lo que debemos hacer y de lo que nunca deberíamos hacer. Para reforzar estos criterios, le agregaremos mucho amor a los «buenos» y mucho odio a los «malos».

Es así que aquel niño llega a la adultez con un cierto criterio de justicia, de amor, de distribución de los privilegios: Los poderosos tienen todos los privilegios y los débiles, ninguno. Además, son buenos solo quienes triunfan.

(Este es el Artículo Nº 1.649)

El placer inmediato de frustrar a otros



 
Nuestras actitudes están determinadas por alguna remuneración (estímulo, gratificación, salario). A veces preferimos cobrar dinero y otras no.

Es normal que cuando somos pequeños (entre dos y treinta años), nuestras mentes segreguen deseos, aspiraciones, necesidades, anhelos, antojos, caprichos, ocurrencias, que estén sistemáticamente opuestas a los intereses del colectivo al que pertenecemos.

Por ejemplo: deseamos comprarnos ropa nueva y nuestros padres se oponen; queremos conducir el automóvil de la familia y algunos inspectores de tránsito malhumorados podrían multarnos si no tenemos licencia para conducir; deseamos hacer una ruidosa fiesta en nuestro apartamento que integra un gran complejo habitacional, y uno o varios vecinos nos demandarán por «ruidos molestos».

De estas desventuras, nunca deduciremos que cometemos errores sino que los demás tienen mucho más poder que nosotros y que lo usan malintencionadamente, es decir: ABUSAN.

A continuación, nuestras mentes llegarán a una conclusión definitiva: el poder está en quienes frustran; o dicho de otra forma: para sentir las embriagadoras sensaciones que produce el poder, tenemos que frustrar a otros. Es precisamente en ese acto casi sexual donde podemos sentir las sensaciones voluptuosas de poder, como si se tratara de un orgasmo.

A partir de esta conclusión, la conducta quedará diseñada para «consumir poder» (como si fuera cualquier otra droga proveedora de placer), mediante el sencillo método de frustrar a todos quienes podamos frustrar.

Lo que ocurre entonces es bastante lógico: nuestra mente elegirá en cada caso de qué forma obtiene más beneficio:

— si dándole satisfacción a las demandas ajenas, a cambio de alguna remuneración económica o,

— frustrando la satisfacción de las necesidades y deseos, a cambio de una remuneración inmediata consistente en sentir la satisfacción que provee el poder.

Como vemos, nuestras actitudes están determinadas por la remuneración (estímulo, recompensa, gratificación, honorarios, salario). Falta determinar si  preferimos cobrar dinero o no.

(Este es el Artículo Nº 1.630)